El aire en la pequeña sala de estar se había vuelto irrespirable. La confesión de Kyler, cargada de una honestidad tan cruda que dolía, seguía resonando entre las paredes de madera como un eco persistente. Después de que sus manos finalmente soltaran las mías, me sentí extrañamente a la deriva, como si el ancla que me había mantenido sujeta al suelo durante toda la cena hubiera sido arrancada de golpe.
—Kyler —dije, buscando mis palabras en un mar de dudas—. Me has dicho muchas cosas. Has habla