Belém no llegó lejos. Apenas había bajado los primeros escalones de servicio, con el aire húmedo de la noche golpeando su piel desnuda y el corazón latiéndole en la garganta, cuando sintió una mano de hierro cerrarse alrededor de su brazo.
Yago del Castillo había salido de la habitación 402 como una exhalación, completamente desnudo, sin importarle las cámaras de seguridad del pasillo, ni la posibilidad de ser visto por algún empleado nocturno. Su pudor había sido incinerado por la furia de hab