El taxi de aplicación disminuyó la velocidad al entrar en las calles adoquinadas de la colonia Maravillas, Sanctorum, en el municipio de Coronango, Puebla. El código postal 72730 marcaba una frontera invisible pero palpable, una línea divisoria entre el México de los rascacielos y el México de la autoconstrucción. Aquí no había guardias de seguridad privada con auriculares tácticos, ni portones eléctricos de acero reforzado que se abrían con sensores biométricos, ni mucho menos un Mustang Shelby rugiendo en la entrada desafiando el silencio de la tarde.
Lo que había eran casas dignas pero modestas, banquetas estrechas donde los niños jugaban a la pelota aprovechando la luz del atardecer, rejas de herrería pintadas de blanco o negro para proteger lo poco que se tenía con tanto esfuerzo, y el sonido distante y familiar del gasero anunciando su llegada con una melodía distorsionada por un altavoz viejo.
Nant pagó al conductor en efectivo, bajó del vehículo compacto y esperó en la acera h