Capítulo 391: La Huida y el Pedazo de Titán
El silencio en el pequeño despacho jurídico donde Belém trabajaba era sepulcral, una quietud pesada y pegajosa que solo era rota por el zumbido monótono y asmático del aire acondicionado de ventana, luchando inútilmente contra la humedad salina y nocturna del puerto de Veracruz. Eran casi las diez de la noche. El resto de los abogados titulares y los pasantes se habían marchado hacía horas, dejándola sola con sus fantasmas y con expedientes de divorcios ajenos que, irónicamente, se parecían dema