El silencio en el pequeño despacho jurídico donde Belém trabajaba era sepulcral, una quietud pesada y pegajosa que solo era rota por el zumbido monótono y asmático del aire acondicionado de ventana, luchando inútilmente contra la humedad salina y nocturna del puerto de Veracruz. Eran casi las diez de la noche. El resto de los abogados titulares y los pasantes se habían marchado hacía horas, dejándola sola con sus fantasmas y con expedientes de divorcios ajenos que, irónicamente, se parecían demasiado al desastre de su propia vida.
Belém apagó su computadora, viendo cómo el brillo del monitor se desvanecía hasta dejar la pantalla en negro, reflejando su propio rostro: cansado, con el rímel ligeramente corrido bajo los ojos y una expresión de vacío existencial que la asustó al reconocerla.
Había pasado las últimas dos horas fingiendo trabajar, revisando demandas de pensiones alimenticias donde las mujeres peleaban por tres mil pesos mensuales para sobrevivir, mientras ella, Belém, tenía