El clic de la cerradura al salir de la Suite Imperial sonó como un disparo en un cañón vacío, marcando el final del interludio y el regreso a la realidad. Yago y Alina caminaron por el pasillo alfombrado hacia el elevador privado, hombro con hombro, pero la distancia física era irrelevante comparada con el abismo que acababan de cruzar juntos.
Mientras esperaban las puertas de metal pulido, los herederos se miraron. Fue un instante fugaz, apenas un segundo antes de que la maquinaria del ascenso