El clic de la cerradura al salir de la Suite Imperial sonó como un disparo en un cañón vacío, marcando el final del interludio y el regreso a la realidad. Yago y Alina caminaron por el pasillo alfombrado hacia el elevador privado, hombro con hombro, pero la distancia física era irrelevante comparada con el abismo que acababan de cruzar juntos.
Mientras esperaban las puertas de metal pulido, los herederos se miraron. Fue un instante fugaz, apenas un segundo antes de que la maquinaria del ascensor llegara, pero en ese segundo, Alina Korályova perdió la batalla contra sus propios ojos.
Miró a Yago, y por primera vez en su vida adulta, su máscara de hielo se fracturó por completo. No lo miró con la calculadora frialdad de una espía corporativa, ni con la lujuria táctica que había planeado usar como arma. Lo miró con una intensidad que la aterrorizó: lo miró con amor. Había pasión, sí, una pasión cruda y recién descubierta, amplificada por las feromonas liberadas en el encuentro y el shock