El portazo final de Yago no solo cerró la habitación 402; pareció succionar todo el oxígeno del lugar, dejando un vacío neumático que presionaba los tímpanos. El eco del golpe metálico resonó en las paredes de tablaroca, silenciando por un momento incluso a los amantes de las habitaciones contiguas, como si el edificio entero contuviera el aliento ante la violencia de la despedida.
Belém se quedó de pie en el centro de la alfombra gastada, temblando como una hoja en medio de una tormenta. Su cue