Alec se quedó atónito, con la mirada clavada en la tableta como si el dispositivo fuera un objeto radiactivo. Su corazón palpitaba con una fuerza desmedida, golpeando contra sus costillas con un ritmo doloroso y errático.
—No... esto no puede ser —masculló, negando con la cabeza frenéticamente.
No podía creer que algo así se estuviera hablando. No podía ser cierto. La mente humana tiene límites para el horror que puede procesar, y la idea de que su madre, Elizabeth, hubiera robado a su propio