EPÍLOGO

Alec estaba manejando como un loco. La necesidad de estar a solas y reflexionar era imperiosa. Tenía un verdadero maremoto dentro de su mente que había arrasado con sus pensamientos, poniéndolo en una posición que le afectaba demasiado. El corazón le latía con fuerza, aferraba el volante con fiereza, y no le importaba pasarse las luces de los semáforos. Finalmente, se detuvo abruptamente en un puente, estacionó y se bajó, dejando que el aire frío golpeara su rostro.

Cerró los ojos, aferrán
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