El chofer de la familia los condujo discretamente hacia el corazón de la ciudad. En la parte trasera, Alec y Miranda iban tomados de la mano, mirándose con amor, cariño y ese respeto que pensaron que se había extinguido para siempre.
Cuando llegaron al restaurante, Miranda pensó que se encontrarían con otros comensales, pero se llevó una grata y enorme sorpresa. Las puertas se abrieron para ellos y no había nadie más. El lugar estaba completamente vacío.
—Reservé todo para nosotros —susurró