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Alec salió de la sala de visitas de la prisión sintiendo que había estado respirando a duras penas durante todo el encuentro. Al cruzar la puerta, era como si hubiera recuperado el aire de golpe, volviendo a estabilizarse. Tenía el corazón latiendo con rapidez y la mente a mil por hora, incapaz de procesar la actitud de su madre. La rabia, la falta de arrepentimiento, el descaro.

Un oficial que pasaba por allí se detuvo al verlo.

—¿Se encuentra bien, señor?

—Sí, estoy perfectamente bien —mintió
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