Mundo ficciónIniciar sesiónPOV JADE
El olor a sangre y muerte todavía impregnaba las paredes del salón, a pesar de que los hombres de Sterling Thorne habían limpiado el desastre en tiempo récord. Me senté en el comedor de caoba, apretando una taza de café que ya se había enfriado. Mis manos no dejaban de temblar, y no era solo por el cadáver que había visto colgado hace una hora. Era por él. Conrad Baldwin estaba sentado frente a mí, con una carpeta de cuero negro abierta sobre la mesa. No se había puesto una camisa. El vello oscuro de su pecho subía y bajaba rítmicamente, y cada vez que mis ojos se desviaban hacia sus músculos tensos, sentía una punzada de calor que me hacía odiarme a mí misma. —Firma aquí —dijo él, deslizando un fajo de papeles hacia mí. Su voz era áspera, cargada de una fatiga que lo hacía parecer aún más peligroso. Eché un vistazo al documento. Contrato de Unión Civil y Alianza de Manadas. En términos legales, era un matrimonio de conveniencia. En términos de lobos, era una sentencia. —Dice aquí que todas mis propiedades en el Norte pasarán a estar bajo tu protección —señalé, tratando de que mi voz no flaqueara—. No dice nada sobre mi autonomía para tomar decisiones militares contra Brooks. —Tu autonomía se acabó en el momento en que Brooks Harrison puso un pie en mi propiedad —respondió Conrad, inclinándose hacia adelante. Su mirada azul plateada se clavó en la mía, y sentí esa presión familiar en el pecho, como si estuviera intentando leerme el alma. El deseo en sus ojos era tan denso que me hacía sentir expuesta, como si la seda de mi pijama no fuera más que una telaraña transparente. —Firma, Jade. No tengo paciencia para negociar con una mujer que casi muere anoche. —Casi muero por tu culpa. Si no hubieras cerrado las salidas, yo estaría a tres estados de aquí —le espeté, agarrando la pluma fuente. —Si no hubiera cerrado las salidas, ahora estarías en el sótano de Brooks, siendo marcada de nuevo —su mano cruzó la mesa y atrapó mi muñeca con una fuerza sorprendente. El contacto eléctrico me hizo saltar. Mi loba soltó un aullido de anhelo, queriendo que él no me soltara nunca. Pero mi mente humana recordaba las cadenas. Recordaba el frío. —Tu olor me está matando, Jade —susurró él de repente. Sus fosas nasales se dilataron y su mirada bajó hacia el escote de mi pijama, donde la obsidiana seguía oculta—. Es como una droga que no puedo terminar de consumir. Estás aquí, sentada frente a mí, y todo lo que quiero hacer es destrozar ese estúpido contrato y reclamarte sobre esta mesa hasta que olvides tu propio nombre. Me quedé helada. El aire se volvió escaso. Yo sentía exactamente lo mismo; mi cuerpo gritaba por su toque, por su aroma a tormenta que me inundaba los sentidos a pesar de mi collar. Quería admitirlo, quería decirle que su presencia me hacía sentir viva por primera vez en cinco años, pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta, asfixiadas por el orgullo. —Es solo el vínculo, Conrad —mentí, aunque el corazón me latía contra las costillas como un animal enjaulado—. No es real. Es solo química y biología barata. —¿Ah, sí? —Él soltó mi muñeca y se levantó, rodeando la mesa con la elegancia de un cazador que sabe que su presa no tiene a dónde ir—. Entonces, ¿por qué tus pupilas se dilatan cada vez que me acerco? ¿Por qué tu respiración se acelera si mi mano roza la tuya? Se detuvo detrás de mi silla. Sentí su calor irradiando contra mi espalda. Inclinó la cabeza, dejando que su respiración golpeara mi oreja. —No lo voy a admitir —susurré, apretando la pluma hasta que mis nudillos se pusieron blancos. —No tienes que hacerlo. Tu cuerpo lo hace por ti. Él metió la mano por debajo de mi cabello, acariciando la nuca, justo por encima del cierre del collar. Cerré los ojos, luchando contra el impulso de echar la cabeza hacia atrás y exponerme a él. Mi loba estaba enloqueciendo, rasguñando mi conciencia, rogándome que cediera. —Firma —ordenó él en un susurro ronco—. Firma y conviértete en mi esposa. Porque si no lo haces ahora, voy a olvidar que este es un trato de negocios y voy a empezar a tratarte como la hembra que eres. Con el pulso a mil por hora, firmé el documento. Jade Russell. La tinta se veía oscura y definitiva sobre el papel blanco. —Ya está —dije, levantándome de golpe para poner distancia entre nosotros—. Soy tu esposa en el papel. Ahora, cumple tu parte. Protege mis tierras y ayúdame a matar a Brooks. Conrad tomó los papeles y me miró con una sonrisa sombría, una que prometía que el infierno apenas estaba comenzando. —Sterling ya está moviendo las tropas. Pero hay algo más que debes saber, Jade. —¿Qué? —Brooks no envió a ese hombre solo para asustarte. El atacante tenía una marca en el pecho. No era la marca de la manada Russell. Fruncí el ceño, sintiendo un nuevo escalofrío. —¿Entonces de quién era? —Era la marca de los Outcasts. La facción de lobos renegados que Brooks ha estado financiando. Están armados con tecnología humana y veneno de plata. —Conrad se acercó de nuevo, y esta vez no hubo deseo en su mirada, solo una frialdad absoluta—. No solo quieren recuperarte. Quieren usarte como cebo para sacarme de la ciudad y tomar el control del Consejo de Alfas. Me apoyé contra el aparador, sintiendo que el mundo se desmoronaba de nuevo. Yo no era solo una ex-esclava buscando venganza; era la pieza central de un golpe de estado sobrenatural. —Entonces el contrato… ¿todo esto fue un plan tuyo también? —pregunté con voz quebrada. —Fue una necesidad —respondió él, guardando los papeles en la carpeta—. Pero no te equivoques, Jade. Aunque el mundo se esté quemando afuera, lo que siento cuando te miro es real. Y no voy a dejar que nadie, ni siquiera tú, me quite lo que acabo de firmar. Él salió del comedor, dejándome sola con el sabor amargo del café y la electricidad residual de su toque. Me toqué el collar de obsidiana. Estaba empezando a agrietarse. La presión de Conrad, de Brooks, del destino… todo estaba convergiendo en un solo punto. Subí a mi habitación, pero antes de entrar, escuché un ruido que venía del despacho de Conrad. Voces bajas. Discusión. Me pegué a la puerta, aguzando el oído. —…es demasiado peligroso, Conrad —era la voz de Sterling Thorne—. Ella es un imán para los problemas. Si el Consejo se entera de que es una Russell y que tiene ese historial… —El Consejo hará lo que yo diga —la voz de Conrad era un rugido contenido—. Ella es mi esposa. —Es tu mate, Conrad. No me mientas. Tu juicio está nublado. Si tienes que elegir entre la manada y ella, sé que vas a cometer un error. Hubo un silencio tenso. Mi corazón se detuvo. —Si tengo que elegir —dijo Conrad con una frialdad que me heló la sangre—, quemaré el Consejo antes de dejar que le pongan una mano encima. Pero asegúrate de que ella nunca sepa cuánto me importa. Si Jade descubre que es mi debilidad, me destruirá antes que Brooks. Me alejé de la puerta, respirando agitadamente. Él lo sabía. Sabía que era su debilidad. Y yo, mientras tanto, luchaba por no admitir que él era la mía. Entré en mi cuarto y cerré la puerta con llave. Me miré al espejo. Mis ojos ya no eran avellana; tenían un brillo dorado que no podía ocultar. —No te enamores —me dije a mi reflejo—. Úsalo. Destrúyelos a todos. Pero no te enamores. Justo en ese momento, un golpe seco sonó en mi ventana. Me giré, aterrorizada. En el cristal, pegado con un cuchillo de plata, había un pequeño sobre rojo. El color de la sangre Russell. Con dedos temblorosos, abrí la ventana y tomé el sobre. Dentro, solo había una frase escrita: "El contrato que firmaste hoy es tu acta de defunción. Te veo en la boda, mi pequeña esclava". Miré hacia el bosque oscuro. Entre los árboles, vi un par de ojos rojos brillando. Brooks estaba allí. Mirándome. Esperando el momento en que Conrad bajara la guardia. Y yo supe, en ese instante, que la boda no sería el inicio de mi nueva vida, sino el escenario de mi sacrificio final.






