CAPÍTULO 5: VOTOS DE SANGRE Y SEDA

POV JADE

El resto de la noche fue un simulacro de sueño. Cada vez que cerraba los ojos, veía los ojos rojos de Brooks acechando entre los pinos. El mensaje pegado con el cuchillo de plata seguía sobre mi mesa de noche, como una promesa de que el pasado nunca se queda enterrado, sin importar cuántos millones de dólares gastes en perfumes para ocultar el olor a miedo.

A las seis de la mañana, la puerta de mi habitación se abrió sin previo aviso.

—Levántate, Russell. No tenemos tiempo para que te compadezcas de ti misma —la voz de Conrad Baldwin cortó el aire como un látigo.

Me senté de golpe, cubriéndome instintivamente con las sábanas. Él estaba allí, apoyado en el marco de la puerta, ya vestido con un traje de tres piezas color gris carbón que lo hacía parecer el dueño del maldito universo. Pero lo que me detuvo el corazón fue lo que sostenía en la mano: un vestido de novia de encaje negro y una caja de terciopelo.

—¿Qué es esto? —pregunté, con la voz todavía ronca por el sueño.

—Tu armadura —respondió él, entrando y dejando las cosas sobre la cama. Su mirada recorrió mis hombros desnudos con una intensidad que me hizo sentir que la seda de mi pijama estaba ardiendo—. Nos casamos hoy.

—¡Dijiste que tendríamos tiempo! —salté de la cama, olvidando por un segundo que solo llevaba una camisola delgada.

Conrad se detuvo en seco. Sus ojos azul gélido se oscurecieron, volviéndose casi negros mientras recorría mi cuerpo de arriba abajo. La habitación se sintió de repente muy pequeña, cargada con una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Él aspiró el aire, y supe que estaba luchando contra su propio instinto de Alfa por lanzarse sobre mí.

—El tiempo es un lujo que perdiste cuando Brooks dejó un cadáver en mi sala —dijo, dando un paso hacia mí. Su olor a madera y tormenta me envolvió, nublando mi juicio—. La única forma de que el Consejo de Alfas no me quite la custodia de tus tierras es que hoy mismo seas una Baldwin ante la ley y ante la luna.

—No soy un objeto para que me custodies —le espeté, aunque mi propia loba estaba ronroneando ante su cercanía, traicionándome—. Soy tu socia.

—Eres mi esposa —me tomó del mentón, obligándome a mirarlo. Su pulgar rozó mi labio inferior con una lentitud tortuosa—. Y aunque ese collar de obsidiana diga lo contrario, tus ojos me dicen que te mueres por ver qué hay debajo de este traje.

—Te crees demasiado importante, Baldwin —mentí, aunque el calor en mis mejillas me delataba.

—No me creo importante, Jade. Soy necesario. —Él soltó mi rostro y abrió la caja de terciopelo. Dentro había un anillo con un diamante negro tan grande que parecía una gota de noche pura—. Póntelo. Y prepárate. Sterling te llevará a la oficina central en una hora.

Salió de la habitación sin mirar atrás, dejándome con el corazón martilleando contra mis costillas. Me puse el vestido negro. No era un vestido de novia común; era una pieza de alta costura que se ajustaba a mis curvas como una segunda piel, dejando mi espalda descubierta casi hasta la cintura. Me puse la gargantilla de obsidiana, sintiendo cómo el frío de la piedra calmaba a la bestia en mi interior, y finalmente deslicé el anillo en mi dedo. Pesaba. Pesaba como una cadena de oro.

Sterling Thorne me esperaba abajo. Su expresión era ilegible, pero noté cómo sus ojos se fijaron en mi cuello.

—El señor Baldwin tiene gustos caros, pero peligrosos —comentó Sterling mientras me abría la puerta del coche—. Ese collar está empezando a mostrar grietas, señorita Russell. Si yo fuera usted, me preocuparía por lo que pasará cuando se rompa del todo.

—Preocúpate por conducir, Thorne —respondí con frialdad.

Llegamos al ayuntamiento central de la ciudad, un edificio gótico que servía como fachada para el tribunal de los hombres lobo. El ambiente era tenso. Había hombres armados en cada esquina, y no llevaban uniformes de policía. Eran la guardia de élite de los Baldwin.

Conrad me esperaba en el altar de mármol. Cuando me vio entrar, su expresión de hierro se resquebrajó por un segundo. El deseo en su mirada fue tan potente que sentí mis rodillas flaquear. Caminé hacia él, con la cabeza en alto, sintiendo las miradas de los pocos testigos presentes —todos Alfas de alto rango— quemándome la espalda.

—Estás… aceptable —susurró Conrad cuando llegué a su lado.

—Y tú estás tan arrogante como siempre —respondí, aunque mi mano temblaba cuando él la tomó.

La ceremonia fue rápida, un intercambio de votos que sonaban más a un tratado de paz que a una unión de amor. Pero cuando llegó el momento del beso, el aire en la sala pareció agotarse. Conrad me tomó por la cintura y me pegó a su cuerpo. Sus labios buscaron los míos con una urgencia que no tenía nada de protocolaria. Fue un beso cargado de posesión, de hambre y de una promesa de destrucción mutua.

Por un instante, olvidé la venganza. Olvidé a Brooks. Solo existía el sabor de Conrad y la forma en que su lobo reclamaba al mío a través de la piel.

—Mía —gruñó contra mis labios, tan bajo que solo yo pude escucharlo.

Nos separamos, ambos jadeando. El juez de paz carraspeó, rompiendo el hechizo.

—Los declaro unidos ante la ley y la manada.

Salimos del edificio bajo una lluvia de flashes de fotógrafos que Conrad había contratado para hacer pública la unión de inmediato. Era nuestra mayor defensa: si Brooks me tocaba ahora, no solo atacaba a una ex-esclava, atacaba a la Reina de los Baldwin.

Pero el alivio duró poco. Al subir al coche, Conrad se veía más tenso que antes.

—¿Qué pasa ahora? —pregunté, acariciando el diamante negro en mi dedo.

—Brooks ha movido ficha. No atacó las tierras del Norte. Atacó uno de mis laboratorios de investigación —Conrad apretó el puño—. Sabía que estaríamos en la boda. Fue una distracción.

—¿Qué buscaba?

—Buscaba la fórmula del inhibidor, Jade. La misma que usa tu collar.

Me quedé helada. Si Brooks conseguía producir inhibidores a gran escala, podría ocultar a todo un ejército de Outcasts en la ciudad sin que nadie detectara su aroma. Sería el fin de la paz.

—Él no se va a detener hasta que me vea arrodillada —susurré, mirando por la ventana—. Todo esto… la boda, el contrato… ¿valdrá la pena si la ciudad arde?

Conrad se giró hacia mí. Sus ojos azul plateado brillaron con una luz feroz. Me tomó de la mano y me obligó a mirarlo.

—La ciudad puede arder, Jade. Pero tú no volverás a arrodillarte ante nadie que no sea yo. —Se inclinó y besó mi cuello, justo donde terminaba la obsidiana—. Esta noche tenemos nuestra fiesta de compromiso en el club Eclipse. Todos los Alfas estarán allí. Es tu momento de mostrarles que la esclava ha muerto y que la Reina Russell-Baldwin ha nacido.

—¿Y si Brooks aparece?

—Eso es exactamente lo que quiero —sonrió Conrad, una sonrisa que prometía sangre—. Porque esta noche, voy a marcarte ante todo el mundo, Jade. Con o sin ese collar.

Llegamos a la mansión para cambiarnos para la fiesta. Mientras me miraba al espejo, retocando mi labial rojo, escuché un ruido extraño en el vestidor. Me giré, esperando ver a una mucama, pero lo que vi me hizo soltar un grito que se quedó atorado en mi garganta.

En el espejo, detrás de mi reflejo, había una figura envuelta en sombras. No era Brooks. Era una mujer, joven, con los ojos inyectados en sangre y la piel pálida como la muerte.

—Él te mintió, Jade —susurró la mujer. Su voz sonaba como hojas secas—. Conrad no te eligió por el vínculo. Te eligió porque eres la única que tiene la sangre pura necesaria para abrir la Bóveda de los Ancestros. Te está usando, igual que tu padre.

—¿Quién eres? —pregunté, retrocediendo hasta chocar con la mesa de maquillaje.

—Soy lo que queda de su última "socio". —La mujer se desvaneció justo cuando Conrad entraba en la habitación.

—¿Jade? ¿Con quién hablas? —preguntó él, frunciendo el ceño al verme tan pálida.

Miré a Conrad, al hombre que acababa de jurarme protección, y por primera vez, el miedo que sentí no fue por Brooks. Fue por el hombre que ahora compartía mi cama.

—Con nadie —mentí, aunque el corazón me latía tan fuerte que temía que se rompiera—. Solo… nervios de novia.

Conrad me tomó de la cintura y me atrajo hacia él, besándome la frente.

—Vamos, mi Reina. El mundo nos espera.

Salimos hacia el club, pero mientras el coche se alejaba, miré hacia atrás. En la ventana de mi habitación, la mujer pálida seguía allí, mirándome. Y en su mano, sostenía una piedra de obsidiana idéntica a la mía, pero completamente hecha pedazos.

La farsa había comenzado, y yo ya no sabía quién era el villano en mi propia historia.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP