Mundo ficciónIniciar sesiónPOV JADE
El crujido de la obsidiana contra el suelo del club Eclipse sonó en mis oídos como el disparo de una ejecución. Durante cinco años, esa piedra había sido mi jaula y mi salvación, el muro que separaba mi humanidad de la fiera que los Russell habían intentado domar a golpes. Y ahora, el muro se había derrumbado. —¿Sientes eso, Jade? —la voz de Brooks Harrison era un veneno dulce que se filtraba por mis sentidos agudizados—. Ese es tu verdadero olor. El olor de una perra que nació para ser reclamada. El aire me quemaba los pulmones. Mi visión se volvió borrosa, los colores del club se fundieron en una amalgama de sombras y destellos ámbar. Mis uñas se enterraron en las palmas de mis manos, pero ya no sentía dolor humano; sentía la necesidad de desgarrar carne. El aroma a gardenias y sándalo explotó en el aire, denso, puro y cargado de una desesperación animal que hizo que los lobos que peleaban afuera se detuvieran por un segundo, confundidos por la potencia de una loba de linaje antiguo que acababa de despertar. —No… me… toques… —mi voz salió como un gruñido bajo, una advertencia que Brooks ignoró. Él se rió, acercando su rostro al mío. Sus ojos rojos brillaban con una lujuria enferma. —¿Quién te va a salvar ahora? ¿Tu flamante esposo? Conrad está demasiado ocupado intentando no ser devorado por mis hombres. Estás sola, Jade. Igual que la noche en que te vendieron. Brooks me agarró del cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás para exponer mi cuello. El contacto de sus dedos fríos contra mi piel sensible me provocó una náusea violenta. Mi loba, que hasta hace un momento estaba aterrorizada, sintió el insulto. Sintió el olor del traidor. Y la rabia reemplazó al miedo. En el centro del club, Conrad Baldwin se congeló. El hacha de un Outcast pasó a milímetros de su hombro, pero él no se movió. Su pecho subió y bajó en un jadeo salvaje. Sus ojos se volvieron plata líquida, brillando con una intensidad que cegó a sus atacantes. El vínculo, ese hilo rojo que Jade había intentado cortar, se convirtió en una cadena de fuego que le quemaba el alma. —¡Jade! —el rugido de Conrad desgarró el aire, un sonido de posesión tan absoluto que los cristales del techo estallaron. Conrad no corrió; voló. Se abrió paso entre los enemigos con una violencia que rozaba la locura. No usaba armas; usaba sus manos, sus dientes, su voluntad de Alfa. Nada le importaba. Ni la manada, ni el club, ni la política. Solo ella. De vuelta en la cabina, Brooks sintió la presión del aire cambiar. Soltó mi cabello y se giró justo a tiempo para ver cómo Conrad atravesaba las cortinas de terciopelo negro como un huracán de furia plateada. —¡Suéltala! —el golpe de Conrad envió a Brooks volando contra la mesa de cristal, que se hizo añicos bajo su peso. Conrad se detuvo frente a mí. Su respiración era errática, sus músculos estaban tensos bajo la camisa rota y su mirada… Dios, su mirada me hizo sentir que me estaba quemando viva. Ya no había rastro del CEO calculador. Solo quedaba el macho Alfa que acababa de encontrar a su hembra en peligro. Me miró fijamente, sus ojos recorriendo mi rostro, mis hombros desnudos y finalmente el suelo, donde la obsidiana yacía hecha pedazos. —¿Te hizo daño? —preguntó Conrad. Su voz era un gruñido que me hizo vibrar los huesos. —El collar… —susurré, cubriéndome el pecho con la chaqueta que él me había dado—. Se rompió, Conrad. No puedo pararlo. —No lo pares —él se acercó, ignorando a Brooks que empezaba a levantarse entre los escombros—. Déjala salir, Jade. Deja que me vea. Conrad me tomó de la cintura y me atrajo hacia él con una fuerza que me dejó sin aire. Me pegó a su pecho, y el contacto de nuestras pieles fue como una explosión. Mi loba se calmó instantáneamente, reconociendo el aroma a tormenta que ahora reclamaba cada poro de mi piel. El vínculo estaba abierto, sangrando, uniéndonos en una danza de instinto que no podíamos negar. —Es mía, Baldwin —Brooks escupió sangre, poniéndose de pie con un puñal de plata en la mano—. Yo la marqué primero. Mi olor está en su piel. —Tu olor está muerto —Conrad se giró lentamente, colocándose entre Brooks y yo, protegiéndome con su propio cuerpo—. Y tú también lo estarás si vuelves a respirar en su dirección. La pelea que siguió fue un borrón de violencia. Conrad no peleaba como un hombre; peleaba como la bestia que era. Cada golpe era preciso, brutal, diseñado para destruir. Brooks intentó usar el veneno de plata, pero Conrad era más rápido. Lo estrelló contra la pared, sus manos cerrándose alrededor del cuello del hombre que me había destruido la vida. —¡Mátalo! —le grité. Mi voz ya no era mía; era la de la loba Russell que quería justicia. Conrad apretó más fuerte. Brooks pataleaba, su rostro volviéndose púrpura. Pero justo cuando Conrad iba a romperle el cuello, un disparo resonó en el club. Sterling Thorne entró a la cabina, con el arma en alto y el rostro manchado de hollín. —¡Conrad, detente! ¡Si lo matas aquí, el Consejo declarará la guerra total! Tenemos que llevarlo vivo para que confiese la ubicación de los laboratorios. Conrad gruñó, una lucha interna visible en sus ojos plateados. Miró a Brooks, luego me miró a mí. La sed de sangre en su mirada era casi insoportable. Pero al ver mis ojos dorados, algo en él cedió. Soltó a Brooks, quien cayó al suelo jadeando. —Llevátelo —ordenó Conrad a Sterling—. Y si intenta escapar, no dudes en usar la plata. Sterling se llevó a Brooks a rastras. Nos quedamos solos en la cabina destrozada, rodeados de cristales rotos y el eco de la batalla que se apagaba afuera. Conrad se giró hacia mí, y su mirada volvió a ser esa mezcla de posesividad y deseo que me hacía sentir desnuda. Caminó hacia mí y me acorraló contra la pared. Sus manos subieron a mi rostro, acariciando mis mejillas con una ternura que me asustó más que la violencia de Brooks. —Hueles a gloria, Jade —susurró, enterrando el rostro en mi cuello, justo donde la marca de Brooks solía arder—. Ahora que no hay piedra entre nosotros, puedo sentirlo todo. Tu rabia, tu miedo… y tu deseo. —No te acostumbres —dije, aunque mi cuerpo se arqueaba hacia el suyo por instinto—. Solo porque el collar se rompió no significa que yo me haya rendido ante ti. —Oh, no te has rendido —él bajó la otra tira de mi blusa de seda, exponiendo mi hombro ante el aire frío—. Pero vas a hacerlo. Porque ahora que sé lo que ocultabas, no voy a descansar hasta que me pidas de rodillas que te marque. No por un contrato, sino porque tu alma lo necesita tanto como la mía. Me besó de nuevo, pero esta vez no fue un beso de negocios. Fue un beso de guerra, un reclamo que me dejó marcada mucho más profundo de lo que cualquier diente podría hacerlo. Salimos del club bajo la protección de Sterling, pero mientras subíamos al coche, Conrad me detuvo. —Hay un problema, Jade. —¿Qué pasa ahora? —La mujer que viste en tu habitación… la que mencionaste… —Conrad me miró con una seriedad que me heló la sangre—. Ella no era un fantasma. Era mi hermana. La que el Consejo dijo que estaba muerta hace diez años. Si ella está aquí, significa que Brooks no es el verdadero cerebro de este ataque. Miré la mansión en la colina mientras nos acercábamos. Las luces estaban encendidas, pero la sensación de seguridad se había esfumado. Mi boda acababa de convertirse en el funeral de mi antigua vida, y el hombre que me sostenía la mano era el único que podía salvarme, o terminar de destruirme. "¿Estás lista para la noche de bodas, Reina Baldwin?", susurró Conrad en mi oído. Yo no respondí. Solo apreté el trozo de obsidiana que me quedaba en la mano, sabiendo que el infierno apenas estaba empezando.






