Mundo ficciónIniciar sesiónPOV JADE
La mansión de Conrad no era un hogar; era una declaración de guerra de mármol y acero. Estaba situada en lo alto de una colina privada, rodeada de pinos que parecían centinelas oscuros bajo la nieve. El silencio allí arriba era absoluto, solo interrumpido por el rugido del motor del SUV de Conrad. Él no había dicho una sola palabra en todo el trayecto. Sus manos apretaban el volante con una fuerza que hacía que el cuero crujiera. Yo me mantenía pegada a la puerta del copiloto, con la obsidiana quemándome la piel del pecho, intentando desesperadamente que mis pulmones recordaran cómo respirar de forma rítmica. Cuando el motor se detuvo, el silencio se volvió asfixiante. —Bájate —ordenó él. No me miró, pero su voz vibró en el espacio cerrado como un trueno bajo. Me bajé, temblando por el frío y la adrenalina. Conrad rodeó el coche en dos zancadas. No me tocó, pero caminó tan cerca de mí que podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo de Alfa. Entramos en la casa y las luces se encendieron automáticamente, revelando un salón inmenso de techos altos. —Thorne se encargará de tus cosas. Tú y yo tenemos que establecer los límites de esta farsa antes de que amanezca —dijo, quitándose la chaqueta y lanzándola sobre un sofá de cuero negro. Se quedó solo en camisa. Las mangas estaban arremangadas, revelando antebrazos poderosos cubiertos de vello oscuro. Se giró hacia mí y, por primera vez desde el estacionamiento, me miró de frente. Fue como si me quitaran la ropa de un tirón. La mirada de Conrad no era la de un socio; era la de un dueño. Sus ojos azul gélido, ahora con motas plateadas que se negaban a desaparecer, recorrieron mi cuerpo con una lentitud insultante. Se detuvieron en mis labios, luego en mi cuello, y finalmente bajaron hacia donde la piedra de obsidiana estaba oculta bajo la seda de mi vestido. Sentí un calor súbito recorrerme la espina dorsal. Estaba acostumbrada a que los hombres me miraran con codicia, pero esto era diferente. Conrad no quería mi dinero ni mi estatus; quería desarmarme. Quería encontrar a la loba que yo había enterrado bajo capas de cinismo y trajes caros. —¿Por qué me miras así? —mi voz salió más débil de lo que pretendía. —Pareces una presa que intenta convencerse de que es el cazador —respondió él, dando un paso hacia mí. Su olor a tormenta y poder me envolvió de nuevo—. Estás aterrada, Jade. Tu corazón suena como un tambor de guerra y, sin embargo, mantienes la barbilla en alto. —No te tengo miedo, Baldwin. —Deberías —se detuvo a centímetros de mí. Su altura me obligaba a inclinar la cabeza hacia atrás—. Porque ahora que sé lo que eres, no voy a dejar de buscarte. Puedes esconder tu aroma tras esa piedra, puedes usar nombres de la alta sociedad, pero tus ojos… tus ojos me piden que te reclame. Él levantó una mano. Cerré los ojos, esperando un impacto o un agarre brusco, pero solo sentí el roce de sus nudillos contra mi mejilla. Fue un contacto tan ligero que me dolió. Sus dedos bajaron por mi mandíbula hasta llegar a mi cuello, rozando el borde de mi vestido. —Estás desnuda ante mí, Jade Russell —susurró contra mi frente—. Veo cada una de tus cicatrices, incluso las que no se ven. —No sabes nada de mis cicatrices —le espeté, abriendo los ojos y encontrándome con ese mar plateado que amenazaba con ahogarme. —Sé que te entregaron. Sé que te marcaron. Y sé que este contrato es tu forma de intentar recuperar una corona que crees que te pertenece. —Su mano se cerró con firmeza en mi nuca, obligándome a sostenerle la mirada—. Pero en esta casa, la única corona que importa es la mía. Si quieres mi protección, si quieres mi nombre, tienes que someterte a mis reglas. —¿Someterme? —solté una carcajada amarga—. He pasado cinco años aprendiendo a no arrodillarme ante nadie. Si esperas a una esposa obediente, te equivocaste de mujer. —No quiero obediencia —su pulgar acarició mi labio inferior, ejerciendo una presión que me hizo jadear—. Quiero fuego. Quiero que pelees conmigo todos los días hasta que no te queden fuerzas más que para aferrarte a mí. El deseo en sus ojos era casi tangible. No era solo lujuria; era una necesidad primitiva de posesión que despertaba a mi propia loba de su letargo inducido por químicos. Mi instinto me gritaba que lo mordiera, que lo besara, que dejara que me marcara allí mismo, sobre el suelo de mármol. Me separé de él con un movimiento brusco, necesitando aire, necesitando distancia. —El contrato dice un año —dije, tratando de recuperar mi máscara de hierro—. Dormiremos en habitaciones separadas. No habrá contacto físico innecesario frente a nadie. Y tú no intervendrás en mis planes de venganza. Conrad se sirvió un trago de un decantador de cristal, observando el líquido ámbar con una sonrisa sombría. —Habitaciones separadas… —repitió, como si fuera un chiste—. Jade, eres mi destinada. ¿Crees que las paredes de esta casa van a detener lo que mi lobo siente cada vez que respiras? —No me importa lo que tu lobo sienta. Yo soy la que firma los cheques. —Veremos cuánto duran tus cheques cuando Brooks Harrison venga a reclamar lo que cree que es suyo. El nombre de mi verdugo me golpeó como una bofetada. Recordé la ventana rota, el mensaje en mi teléfono. Brooks no se detendría. Él no quería recuperarme; quería terminar de destruirme para que nadie más pudiera tenerme. —Él no entrará aquí —dije, aunque mi voz carecía de convicción. —Nadie entra aquí sin mi permiso. Pero tú tampoco sales sin él. A partir de mañana, tendrás seguridad las veinticuatro horas. Y no, no son negociables. Conrad terminó su trago de un solo trago y dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. Caminó hacia la escalera, pero se detuvo en el primer escalón. —Tu habitación es la del fondo del pasillo. La mía está justo al lado. Si tienes pesadillas, no te molestes en llamar. La puerta estará abierta. Subió las escaleras con esa elegancia depredadora, dejándome sola en el inmenso salón. Me abracé a mí misma, sintiendo el frío de la casa filtrándose en mis huesos. Subí las escaleras media hora después, agotada. Entré en la habitación que me había asignado. Era lujosa, en tonos grises y plateados, con un ventanal que daba al bosque nevado. Me quité los zapatos y caminé hacia la cama, pero algo me detuvo. En la mesa de noche, había un sobre pequeño de color negro. Lo abrí con dedos temblorosos. No era un mensaje de Brooks. Era una nota escrita con una caligrafía elegante y firme. "La obsidiana es una piedra hermosa, pero se rompe bajo presión. No intentes ser de piedra conmigo, Jade. Prefiero que te rompas en mis manos". Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Me acosté, pero el sueño no venía. Cada sonido de la casa me recordaba que Conrad estaba a solo unos metros, probablemente despierto, probablemente oliendo el aire, buscándome. Me quedé dormida cerca del amanecer, pero mi descanso fue corto. Un grito me despertó. O quizás fue el sonido de algo rompiéndose abajo. Me senté de golpe en la cama, con el corazón martilleando en mis oídos. Mi loba estaba erizada, sus sentidos en alerta máxima. Olfateé el aire. Huele a humo. Y a algo más. Algo podrido. Salí de la habitación corriendo y me encontré con Conrad en el pasillo. No llevaba camisa, solo unos pantalones oscuros, y sus ojos eran dos pozos de plata líquida. —¡Quédate atrás! —rugió. —¿Qué está pasando? No me contestó. Bajamos las escaleras y lo que vi me hizo caer de rodillas. La puerta principal de la mansión estaba abierta de par en par, dejando entrar la nieve y el viento. En el centro del salón, colgado de la lujosa lámpara de cristal, había algo que me hizo querer arrancarme los ojos. Era el cuerpo del atacante del estacionamiento. Estaba destrozado, como si un animal gigante lo hubiera usado de juguete. Pero lo peor no era el cuerpo. Lo peor era lo que habían escrito con su sangre en la pared blanca del salón, justo debajo de él: "LAS ESCLAVAS NO SE CASAN, CONRAD. SOLO CAMBIAN DE DUEÑO. VOY POR LO QUE ES MÍO". Conrad soltó un rugido que no tenía nada de humano. Se giró hacia mí y me agarró del brazo, tirando de mí hacia su pecho con una posesividad violenta. —Nadie toca lo que es mío —susurró contra mi oído, mientras su lobo tomaba el control por completo—. Si Brooks quiere una guerra, le daré un infierno. Pero desde este momento, Jade Russell, ya no eres mi socia. Eres mi marca. Y no voy a dejar que te quiten de mi lado ni aunque tenga que quemar este mundo contigo adentro. Miré la sangre en la pared y luego los ojos de Conrad. Por primera vez en cinco años, no supe a quién le tenía más miedo: al monstruo que me buscaba afuera, o al que me estaba reclamando por dentro.






