Mundo ficciónIniciar sesiónPOV JADE
El club Eclipse no era un lugar para humanos. Era un santuario de cristal y sombras donde el poder de las manadas se exhibía con la misma arrogancia que las botellas de champán de cinco mil dólares. El aire estaba saturado de feromonas, ambición y el zumbido de mil secretos susurrados. Caminé junto a Conrad por la alfombra roja hacia la zona VIP. El vestido negro de encaje se sentía como una segunda piel, pero a medida que avanzábamos, el calor comenzó a volverse insoportable. No era el clima; era el efecto de estar rodeada de tantos Alfas dominantes y la reacción química de mi propia loba ante la proximidad de Conrad. —Mantén la cabeza en alto, Jade —murmuró Conrad cerca de mi oreja. Su mano, firme en la pequeña de mi espalda, quemaba a través de la tela—. Eres una Baldwin ahora. Muéstrales por qué. —Lo intento, pero hace un calor infernal aquí dentro —respondí, abanicándome con la mano. Sentía el sudor perlando mi nuca. El inhibidor de mi collar parecía estar trabajando al doble de su capacidad, y la fricción de la obsidiana contra mi piel me provocaba una picazón eléctrica. Conrad se detuvo para saludar a un grupo de socios, y yo aproveché para escabullirme hacia el baño de damas, necesitando un respiro. Me miré al espejo. Mis mejillas estaban encendidas y mis ojos avellana brillaban con una intensidad febril. No podía seguir con ese vestido; el encaje me asfixiaba. En un arrebato de desesperación y rebeldía, busqué en mi bolso de mano la blusa de repuesto que Sterling me había obligado a empacar "por si acaso". Era una blusa de seda blanca con un escote pronunciado en "V" y tirantes tan finos que parecían hilos de araña. Me quité el vestido negro y me deslicé la seda sobre la piel. El cambio fue instantáneo. El aire fresco acarició mi pecho y mis hombros, pero cuando me miré de nuevo, supe que estaba jugando con fuego. El escote dejaba ver lo justo para ser peligroso, y el contraste con la obsidiana negra en mi cuello era hipnótico. Salí del baño sintiéndome más ligera, pero mucho más expuesta. Apenas puse un pie de regreso en el salón principal, sentí las miradas. Ya no eran miradas de curiosidad política; eran miradas de depredadores hambrientos. Los hombres de las manadas rivales detuvieron sus conversaciones. Sus ojos recorrían la línea de mi cuello, bajando por el escote de seda hasta mis caderas. —Vaya, vaya… pero si es la nueva joya de la corona de los Baldwin —una voz arrastrada me detuvo. Era Garrison Brooks, el hermano menor de mi verdugo. Un tipo con una reputación de ser tan vicioso como su hermano, pero mucho más imprudente. Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal con un olor rancio a alcohol y prepotencia. —Te ves mucho mejor sin ese vestido aburrido, Jade —dijo, bajando la mirada descaradamente hacia mi pecho—. Me pregunto si Conrad sabe lo que tiene entre manos, o si necesita ayuda para… apreciarlo. —Aléjate de mí, Garrison —dije con voz gélida, aunque mi loba estaba erizada, detectando la amenaza. —¿O qué? ¿Vas a llamar a tu marido? —Se rió, estirando una mano para tocar mi hombro—. Vamos, nena. Todos sabemos que eras una esclava. El hecho de que lleves un anillo no cambia lo que hay debajo de esa seda. No tuve tiempo de responder. El aire en el club se congeló. Un gruñido bajo, tan profundo que hizo vibrar las copas de cristal en las mesas cercanas, resonó detrás de nosotros. Garrison palideció y retiró la mano como si se hubiera quemado. Conrad estaba allí. Su mandíbula estaba tan apretada que parecía de piedra. Sus ojos ya no eran azules; eran dos pozos de plata líquida que prometían una muerte lenta y dolorosa. El aura de Alfa que emanaba de él era tan potente que varios betas en las mesas de alrededor bajaron la cabeza por instinto. —Da un paso atrás, Garrison —la voz de Conrad era un susurro letal—. Ahora mismo. —Solo estábamos charlando, Baldwin… —balbuceó Garrison, retrocediendo. Conrad lo tomó por el cuello de la camisa y lo levantó del suelo con una sola mano, sin aparente esfuerzo. —Vuelve a mirar a mi esposa. Vuelve a dirigirle la palabra —gruñó Conrad, acercando su rostro al de Garrison—. Y te aseguro que ni siquiera tu hermano podrá encontrar lo que quede de ti para enterrarlo. Lanzó a Garrison contra una mesa, haciendo que las botellas se estrellaran. El silencio en el club era absoluto. Conrad se giró hacia mí, y por un segundo, su furia se dirigió a mi escote. Sus fosas nasales se dilataron y el deseo salvaje en su mirada me hizo sentir más desnuda que si realmente lo estuviera. Se quitó su chaqueta de traje gris carbón y me la puso sobre los hombros con un movimiento brusco, cubriendo la seda blanca. Sus manos se quedaron allí, apretando mis hombros con una posesividad que me dejó sin aliento. —¿En qué demonios estabas pensando? —me siseó al oído, su aliento caliente quemándome la piel. —Tenía calor, Conrad. No podía respirar. —Pues ahora vas a tener más calor —me arrastró hacia una de las cabinas privadas del fondo, lejos de las miradas de los demás—. Porque si crees que voy a dejar que estos bastardos te devoren con los ojos mientras yo estoy presente, es que no conoces a tu marido. Me empujó suavemente contra la pared acolchada de la cabina y cerró las cortinas de terciopelo negro, aislándonos del resto del club. La oscuridad solo estaba rota por las luces de neón azules que se filtraban por las rendijas. Conrad se pegó a mí. Podía sentir su corazón latiendo con fuerza contra mi pecho. Sus manos subieron a mi rostro, obligándome a mirarlo. Estaba furioso, sí, pero también estaba desesperado. Los celos de Alfa eran una droga poderosa que lo estaba transformando frente a mis ojos. —Tu olor… —susurró, enterrando el rostro en el hueco de mi cuello, justo donde terminaba la obsidiana—. Ha cambiado. Estás excitada por la pelea, Jade. No intentes negarlo. —No lo niego —admití, con la voz quebrada. La adrenalina de verlo defenderme había despertado algo oscuro en mi sangre—. Pero tú también lo estás. Te mueres por marcarme aquí mismo, para que todos sepan a quién pertenezco. —Tienes razón —él bajó una de las tiras de mi blusa de seda, exponiendo mi hombro—. Me estoy volviendo loco. El vínculo me está destrozando por dentro porque sé que me odias, pero mi lobo solo quiere reclamar su territorio. —No te odio, Conrad —dije, y fue la primera verdad absoluta que le decía desde que nos conocimos—. Solo tengo miedo de lo que me haces sentir. Él se detuvo. Sus ojos buscaron los míos en la penumbra. Por un instante, la máscara de Alfa desapareció y vi al hombre imperfecto que había debajo. Pero el momento se rompió cuando un estruendo sacudió el club. Gritos. Sonido de cristales rompiéndose. Disparos. —¡Conrad! —la voz de Sterling Thorne sonó desde el otro lado de las cortinas—. ¡Están aquí! ¡Los Outcasts han entrado por la puerta trasera! Conrad me soltó y sacó un arma de su cinturón. Su expresión volvió a ser la de un guerrero implacable. —Quédate aquí. No salgas por nada del mundo —ordenó. —¡No me dejes sola! —le agarré del brazo. Él me besó con una violencia desesperada, un beso que sabía a despedida y a promesa de sangre. —Si alguien entra por esa cortina y no soy yo, mátalo —me entregó un pequeño puñal de plata que llevaba oculto en su bota—. Volveré por ti, mi Reina. Salió de la cabina y me quedé sola en la oscuridad, con el corazón en la garganta. Afuera, el club se había convertido en un campo de batalla. Escuchaba rugidos, el sonido de carne siendo desgarrada y los gritos de pánico. Me agaché en un rincón, apretando el puñal contra mi pecho. Pero entonces, el silencio cayó sobre la cabina de nuevo. Un silencio demasiado denso. Las cortinas se abrieron lentamente. No era Conrad. No era Sterling. Era Brooks Harrison. Llevaba un traje negro impecable, pero sus ojos eran rojos como la sangre que acababa de derramar afuera. Tenía una sonrisa que me heló el alma. —Hola, pequeña esclava —dijo, dando un paso hacia el interior—. Te dije que nos veríamos en la boda. Lástima que el novio esté tan ocupado muriendo afuera como para salvarte de nuevo. Levanté el puñal, pero con un movimiento rápido como el rayo, él me desarmó y me pegó contra la pared. Sus dedos se cerraron sobre mi gargantilla de obsidiana. —Es hora de que vuelvas a casa, Jade. Y esta vez, no habrá collar que oculte cuánto vas a sufrir. Brooks tiró de la gargantilla con todas sus fuerzas. El cierre de oro blanco cedió y la piedra de obsidiana se hizo añicos contra el suelo. Mi aroma explotó. Mi loba tomó el control. Y en ese momento, un rugido de dolor y furia pura resonó desde el centro del club, un rugido que no era de un Alfa común, sino de un compañero que acababa de sentir cómo su mitad era arrastrada hacia el infierno.






