Mundo ficciónIniciar sesiónPOV JADE
El aire en el coche se volvió denso, pesado, casi irrespirable. Sin el peso de la obsidiana en mi cuello, mi verdadera naturaleza estaba reclamando cada centímetro de mi cuerpo con una violencia que me dejó sin aliento. El atacante, ese estúpido que Brooks había enviado para marcar territorio, retrocedió tambaleándose. Su rostro, oculto tras el pasamontañas, mostraba algo que yo no había visto en cinco años: miedo puro. Él era un beta. Y yo, aunque me hubieran tratado como basura, no era una omega común. —¡Muérete! —gruñí. Mi voz ya no era humana; era un sonido gutural que vibró en mis costillas. Lancé un zarpazo ciego a través de la ventana rota. Mis uñas rasgaron la tela de su chaqueta y la carne de su brazo. Él soltó un alarido y huyó hacia la oscuridad del estacionamiento, dejando un rastro de sangre y el eco de sus pasos apresurados. Me quedé sola, jadeando, con el pecho subiendo y bajando mientras mis sentidos se agudizaban hasta el dolor. Podía olerlo todo: el caucho quemado, el aceite de motor, y mi propio aroma… ese maldito olor a gardenias y sándalo que delataba mi linaje Russell. —No, no, no… —sollocé, buscado frenéticamente en el suelo del coche. Necesitaba la piedra. Necesitaba volver a ser invisible. Mis dedos rozaron los cristales rotos, cortándome las yemas, hasta que sentí el frío de la obsidiana cerca de los pedales. La agarré como si fuera mi propia alma y me la presioné contra el pecho. Pero era demasiado tarde. El vínculo ya se había disparado. Sesenta pisos más arriba, Conrad Baldwin no estaba solo analizando un contrato; estaba experimentando un terremoto interno. El cristal que se había roto en su mano no era nada comparado con el estruendo en su cabeza. Su lobo, un animal que él se jactaba de tener bajo un control dictatorial, acababa de tomar el mando. —¿Señor Baldwin? —Sterling Thorne entró en la oficina, alertado por el sonido del vidrio rompiéndose—. ¿Qué ha pasado? Conrad no respondió. Estaba apoyado contra su escritorio, con los nudillos blancos de tanto apretar la madera. Sus ojos azul gélido habían desaparecido, reemplazados por una neblina plateada que brillaba con una furia posesiva. —Ella —susurró Conrad. Su voz sonó como el crujir de una placa de hielo. —¿La señorita Russell? Se acaba de ir hace dos minutos. Conrad se enderezó de golpe. El aire a su alrededor parecía vibrar con una carga eléctrica. Sterling retrocedió un paso, reconociendo la señal de peligro de un Alfa que está a punto de perder los estribos. —Ese aroma… —Conrad aspiró el aire con violencia. El rastro de Jade todavía flotaba en la habitación, pero ahora era diferente. Ya no olía a "nada". Ahora olía a suya—. ¡Thorne, bloquea las salidas! ¡Nadie sale de este edificio! —Señor, no entiendo… —¡Hazlo ahora! —rugió Conrad, y el sonido hizo que las ventanas de la oficina temblaran. Sin esperar respuesta, Conrad salió disparado hacia el ascensor privado. No podía pensar. Su mente humana intentaba racionalizar que Jade Russell era una ejecutiva astuta, una aliada de conveniencia que él planeaba usar y desechar. Pero su lobo no aceptaba mentiras. Su lobo le gritaba que la hembra que acababa de salir de su territorio era la pieza que le faltaba desde que nació. Abajo, en el coche, yo estaba intentando desesperadamente volver a encajar el dije en la cadena rota con los dedos temblorosos. La sangre de mis cortes manchaba el oro blanco. —Arranca, maldita sea, arranca —le supliqué al motor. El coche cobró vida justo cuando las luces de seguridad del edificio empezaron a parpadear en rojo. Las barreras de salida se cerraron con un estruendo metálico. Me quedé atrapada. Miré por el espejo retrovisor. El ascensor privado se abrió y Conrad Baldwin salió de él como un demonio surgido del infierno. No llevaba abrigo. Su camisa estaba desabrochada y su pecho subía y bajaba con una fuerza salvaje. Se detuvo en medio del estacionamiento, girando la cabeza, buscando, cazando. Nuestras miradas se encontraron a través del parabrisas. Ya no había rastro del hombre de negocios frío y calculador. Lo que vi en sus ojos plateados fue una promesa de destrucción. Conrad empezó a caminar hacia mi coche, no con pasos humanos, sino con la elegancia letal de un depredador que ha encontrado a su presa. Metí la piedra de obsidiana en mi escote, presionándola contra mi piel, pero el daño estaba hecho. Él ya sabía lo que yo era. Me bajé del coche antes de que él llegara. Sabía que no podía escapar, y mi orgullo de loba, ese que me había mantenido viva como esclava, no me permitía ser cazada dentro de una caja de metal. —Jade —su voz no era una pregunta, era un reclamo. —Conrad, puedo explicarlo —dije, aunque mi propia loba me traicionaba, queriendo correr hacia él para enterrar el rostro en su cuello. Él me alcanzó en dos zancadas. Me tomó por los hombros y me estampó contra la puerta del coche. El golpe no dolió, pero el contacto de sus manos calientes contra mis hombros fríos me quemó. Me miró fijamente, sus fosas nasales dilatándose mientras aspiraba el rastro de mi olor que aún flotaba libre. —Me mentiste —gruñó, acercando su rostro al mío hasta que nuestras respiraciones se mezclaron—. Me dijiste que eras una humana. Me hiciste creer que este contrato era solo por poder. —Lo es —mentí, aunque mi voz tembló—. Es solo negocios, Conrad. —¡No me mientas más! —su mano subió a mi cuello, rozando justo el lugar donde debería estar el collar—. Siento tu sangre llamando a la mía. Siento a tu loba llorando por mí. ¿Por qué lo ocultas? ¿Quién te enseñó a enterrar tu esencia de esta manera? —Los mismos que me marcaron como una esclava —escupí, las lágrimas de rabia asomando a mis ojos—. El destino no me dio nada bueno, Conrad. Solo me dio dolor. No voy a dejar que un vínculo de sangre dicte mi vida otra vez. La expresión de Conrad cambió. La furia plateada en sus ojos se suavizó por un segundo, reemplazada por una curiosidad oscura. Bajó la mirada hacia mi pecho, donde el bulto de la piedra oculta se notaba bajo la tela verde esmeralda. —Así que es eso… —susurró—. Un inhibidor. Te odias tanto a ti misma que prefieres vivir como una cáscara vacía. —Prefiero ser una cáscara libre que una reina encadenada por un mate que no elegí. Conrad soltó una risa ronca, una que me vibró hasta los huesos. Se inclinó, pegando sus labios a mi oreja. —Pequeña Russell… no entiendes nada. El contrato sigue en pie. Nos vamos a casar. Vamos a destruir a tu manada. Pero no creas que esta piedra te va a proteger de mí. Él se separó un poco, su mirada bajando a mis labios con un hambre que me hizo flaquear las piernas. —A partir de hoy, no duermes sola. Y si crees que voy a dejar que sigas usando esa basura para esconderte de mí, estás muy equivocada. Quiero olerte. Quiero sentirte. Y voy a hacer que tú también me desees hasta que rompas ese collar con tus propias manos. Me soltó de golpe, dejándome apoyada contra el coche, temblando. Se giró hacia Sterling, que acababa de llegar al estacionamiento con un equipo de seguridad. —Llévense su coche a mi residencia —ordenó Conrad, sin dejar de mirarme—. La señorita Russell viene conmigo en el mío. Y Thorne… —¿Sí, señor? —Busca quién envió al atacante. Quiero su cabeza en mi escritorio antes del amanecer. Nadie toca lo que me pertenece. Conrad me tomó de la muñeca y me arrastró hacia su SUV negro. Mientras me subía, toqué el mensaje en mi bolso. Brooks Harrison pensaba que me había quitado mi protección para destruirme. No sabía que, al hacerlo, me había lanzado directamente a los brazos del único hombre capaz de quemar el mundo entero solo por poseerme. Miré a Conrad por el rabillo del ojo mientras él arrancaba el motor. Su perfil era duro, implacable. Me di cuenta de que mi venganza acababa de volverse mucho más complicada. Ya no solo tenía que destronar a un Alfa; tenía que sobrevivir a mi propio marido. Y mi loba, en el fondo de mi mente, ya estaba empezando a amar su nueva jaula.






