La biblioteca del "Refugio de los Robles" ya no era un santuario de conocimiento; se había transformado en un cuarto de guerra. El aire estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara. Alexander caminaba de un lado a otro frente al gran ventanal, su silueta recortada contra la penumbra del bosque. Sus ojos, inyectados en sangre por la falta de sueño y la rabia contenida, relucían con una luz peligrosa.
—No voy a esperar a que nos mande una caja con un