El rugido del motor de la Ducati era lo único que lograba acallar el ruido de los pensamientos de Simón. No era el zumbido electrónico de sus servidores, ni el pulso binario de la dark web; era una vibración mecánica, pura y violenta, que le recorría la columna vertebral mientras cruzaba el puente George Washington. Vestido íntegramente de negro, con su chaqueta de cuero reforzado y un casco de visera oscura, Simón Lennox ya no era el genio recluido en un búnker. Era un hombre en una misión de