El búnker del "Refugio de los Robles" no conocía el concepto del tiempo. Allí abajo, entre el zumbido constante de los procesadores y el olor a ozono, el día y la noche se fundían en una sola jornada de vigilia técnica. Sin embargo, tras el regreso de Alexander y Sofía de la gala, la atmósfera había dejado de ser tensa para volverse eléctrica, cargada con la estática de un rayo a punto de caer.
Simón no había despegado los ojos de sus dieciséis monitores. Sus dedos, rápidos y nerviosos, ejecuta