Había un tipo de silencio que ya no asustaba a los habitantes de la casa. No era el silencio tenso de quien espera un ataque, sino el silencio de quienes están trabajando en algo grande, algo hermoso. Mientras allá afuera el nombre de Phillip Suant se hundía en el fango de su propia incompetencia, dentro del núcleo de la familia Thorne-Lennox, el aire empezaba a oler a hogar.
Simón había pasado semanas pegado a sus pantallas, pero esta vez no estaba rastreando cuentas bancarias o interceptando