El aire dentro del búnker se había vuelto rancio, saturado del calor que emanaban los procesadores y del aroma amargo de un café que ya no lograba mantener a raya el agotamiento. Simón Lennox, el hombre que podía desmantelar una nación desde un teclado, se sentía como un león enjaulado en una celda de silicio y cristal. Sus ojos, inyectados en sangre, no se apartaban del feed en vivo del orfanato del Sagrado Corazón. Allí estaba ella, Gema, moviéndose como un rayo de luz en un mundo que se oscu