La mañana en la mansión Miller nació teñida de un gris plomizo, como si el cielo de Miami se hubiera contagiado de la atmósfera de opresión que reinaba tras las puertas de la suite de Helena.
Fiel a su palabra, Alexander no se había movido del umbral en toda la noche.
Había permanecido allí, como una gárgola de acero, bloqueando cualquier intento de entrada por parte del personal de servicio, alegando que la salud de "la señora" era crítica.
Sin embargo, a media mañana, el sonido seco y rítmico