El agua del pantano era un abrazo de frío y lodo que succionaba los pulmones, una trampa viscosa que parecía querer arrastrar a Alexander al fondo.
Emergió a la superficie escupiendo líquido turbio, con la visión borrosa por la sal y el hombro ardiendo tras el impacto brutal. Cada fibra de su cuerpo gritaba de dolor, pero el rugido de las llamas a lo lejos era un motor más potente que su propio instinto de supervivencia.
A pocos metros, un chapoteo errático le indicó que Chase también había sob