La estancia, decorada con un lujo ofensivo que pretendía enmascarar la decadencia de su dueño, olía a lirios blancos y al perfume rancio, amaderado y asfixiante de Magnus.El silencio de la suite nupcial no era paz, era una soga que se estrechaba. Helena estaba de pie junto al borde de la inmensa cama con dosel, sintiendo el peso del collar de diamantes como un grillete de platino.Magnus se despojó de su chaqueta de esmoquin con una parsimonia que helaba la sangre. Al quedar en camisa, su cuerpo revelaba una firmeza mantenida a base de tratamientos caros y gimnasio, pero sus ojos ocultaban la verdad que su virilidad callaba, eran pozos vacíos de deseo, habitados solo por una voluntad sádica de dominio.— No me mires con miedo, Helena — dijo Magnus, acortando la distancia.Sus manos, gélidas como el cristal de una morgue, se deslizaron por los hombros de ella, bajando el encaje del vestido hasta exponer su piel.— No soy un hombre de impulsos animales. La carne es débil, pero el contr
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