El estruendo del techo colapsando fue un rugido ensordecedor que pareció detener el tiempo.
Alexander no pensó, el instinto, ese animal salvaje que habita en el pecho de un hombre cuando la mujer que ama está a punto de ser borrada del mundo, tomó el control de sus músculos.
Se lanzó sobre el cuerpo inerte de Helena, cubriéndola con su propio torso mientras una lluvia de madera ardiente y ascuas se precipitaba sobre ellos.
El calor fue instantáneo, un mordisco voraz que le desgarró la espalda,