El calor en los manglares era una entidad viva que asfixiaba. Helena sentía el sudor frío pegándose a su piel como una segunda mortaja. Sus labios, agrietados y sangrantes, buscaban un aire que solo sabía a salitre y descomposición.
Cada vez que intentaba tragar, su garganta se cerraba en un espasmo doloroso. La deshidratación empezaba a tejer alucinaciones en los rincones oscuros de la cabaña.
— Bebe, Helena. Tienes que estar fuerte para nuestro nuevo comienzo.
Daniel Morgan se acercó a ella c