Brooke Miller aguardaba en la penumbra, envuelta en una chaqueta de montar que no lograba ocultar la altivez de su postura. Cuando Daniel Morgan apareció entre las sombras, ella no se movió; lo observó con la frialdad de quien analiza a una pieza de caza.
La noche en las caballerizas de la mansión Miller olía a heno fresco, cuero viejo y a la traición que se cocinaba a fuego lento.
El eco de los cascos de los caballos golpeando los establos era el único sonido que competía con el susurro de las