El vapor del baño se había disipado, dejando tras de sí un frío húmedo que calaba hasta los huesos.
Helena seguía sentada en el suelo de mármol, con la espalda apoyada contra la bañera, sintiendo que el peso de su propia confesión la aplastaba.
Alexander, por el contrario, se movía ahora con una eficiencia aterradora.
La parálisis inicial del impacto había sido reemplazada por una frialdad operativa, la misma que utilizaba para desmantelar empresas rivales, pero esta vez, el activo que intentab