El monitor cardíaco en la habitación del hospital soltó un pitido largo y agudo, una sirena de alarma que rebotó en las paredes blancas y asépticas.
Alexander Miller no esperó a que las enfermeras llegaran. Con un gruñido de puro instinto animal, se arrancó los electrodos del pecho y la vía del brazo, ignorando el chorro de sangre que manchó su bata.
— ¡Alex, detente! — rugió Chase, intentando sujetarlo por los hombros — Te vas a desmayar antes de llegar al ascensor.
Chase no lo detuvo con la e