Mundo ficciónIniciar sesiónLa recepción de la boda no era una celebración, era una exhibición de trofeos.
El salón de baile del St. Regis estaba saturado del aroma dulzón de miles de gardenias frescas, un olor que a Helena le recordaba a los funerales en los que había estado.
Bajo las monumentales lámparas de cristal, la élite de Miami se movía como depredadores en esmoquin, pero para Helena, el aire se sentía viciado, escaso, como si las paredes se estuvieran cerrando sobre ella.
Sentada en la mesa presidencial, Helena se sentía como una mariposa atravesada por un alfiler de plata. El vestido de novia, una obra maestra de encaje francés, le pesaba sobre los hombros como una armadura a punto de romperse.
— ¡Coman, beban! — decía Magnus con una voz que proyectaba una autoridad absoluta.
Su sonrisa era una línea fina y calculadora que jamás alcanzaba sus ojos de hielo.
— Hoy los Miller hemos crecido en belleza y patrimonio. ¡Brinden por la nueva dueña de mi hogar!
Magnus la había puesto estratégicamente en el centro, entre los dos hombres Miler más importantes de la familia, un sándwich de tensión entre él y su hijo mayor.
Helena podía sentir el calor abrasador que emanaba del cuerpo de Alexander a su derecha, en un contraste violento y casi doloroso con el frío glacial que Magnus desprendía a su izquierda.
Cada vez que Magnus apoyaba su mano gélida sobre el dorso de la de Helena, ella tenía que luchar contra el impulso de retirarla bruscamente.
Sus dedos estaban a un grado de parecer escarcha, un recordatorio constante de que se había casado con un hombre cuya sangre parecía haberse detenido hacía décadas.
Magnus se distrajo en una conversación técnica sobre adquisiciones portuarias con un socio comercial a su izquierda. Fue en ese microsegundo de desatención cuando Helena sintió un roce firme en su rodilla.
Se quedó paralizada. El bocado de langosta en su plato pareció convertirse en ceniza. No podía ser Magnus, él estaba gesticulando con ambas manos mientras explicaba una transacción millonaria.
Era Alexander.
La mano de su hijastro subió con una lentitud tortuosa, una invasión silenciosa que quemaba a través de la seda blanca de su falda.
Alex no la miraba. Mantenía la vista fija en el escenario donde una orquesta de cámara tocaba un vals melancólico, pero su mandíbula estaba tan tensa que un músculo saltaba en su mejilla.
Sus dedos largos y fuertes presionaron la parte interna del muslo de Helena, justo por encima de la liga de encaje.
Helena sintió que el corazón le martilleaba contra las costillas con una fuerza que amenazaba con romperle el pecho.
El contacto era una reclamación salvaje, una declaración de guerra contra la farsa que estaban protagonizando. Intentó cerrar las piernas, pero la mano de Alex era una barrera de hierro.
Él subió un centímetro más, sus yemas rozando la piel sensible, recordándole con una precisión cruel la forma en que la había explorado apenas unas horas antes en la suite 69.
La mirada de Helena se cruzó con la de Alex por un instante.
Sus ojos grises eran como carbones encendidos, una tormenta volcánica que le gritaba que él no había olvidado ni un solo gemido de la madrugada.
Ella clavó las uñas en el mantel de lino, mientras su respiración se volvía errática.
Estaba aterrorizada de que Magnus notara la agitación de sus pechos, o de que viera cómo el color subía por su cuello, pero Alex parecía deleitarse en el peligro, moviendo sus dedos en una caricia circular que la hizo humedecerse de pura angustia y deseo traicionero.
— ¡Atención a todos! — la voz de Magnus restalló como un látigo, rompiendo el trance.
Alex retiró la mano justo cuando Magnus se ponía en pie, obligando a Helena a levantarse con él. El patriarca Miller rodeó la cintura de Helena con su brazo, una presión posesiva que ella sintió como una cadena.
— Esta unión — continuó Magnus, elevando su copa de cristal — no es solo un contrato de compañía. Mi prioridad absoluta para este año, mi objetivo primordial antes de que el sol vuelva a girar, es asegurar el legado Miller. Necesito un heredero que sea digno de este imperio, y Helena es la mujer elegida para portarlo.
Un murmullo de aprobación y envidia recorrió las mesas de los invitados.
Alex, que se había quedado sentado, apretó su copa de whisky con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.
«¡Un heredero! Y eso, ¿en qué lo convertía a él?»
Helena bajó la cabeza, sintiéndose como un animal de cría en una subasta.
La mención de un hijo con Magnus la hacía querer gritar, la idea de que ese hombre frío intentara sembrar algo en ella era una verdadera pesadilla.
— Como muestra de mi compromiso y de su nuevo estatus — dijo Magnus, haciendo una señal a un asistente que trajo un estuche de terciopelo azul — le otorgo el collar de la familia Miller.
Eran diamantes de un tamaño obsceno incrustados en platino, una pieza que representaba décadas de poder y crueldad.
Magnus tomó la joya, pero sus dedos, torpes fallaron con el pequeño cierre de seguridad tres veces.
— Déjame a mí, padre — intervino Alex.
Su voz era una cuchilla de acero templado que cortó la impaciencia de Magnus.
— Tus manos están... demasiado frías hoy. No querrás que la novia se arrepienta de su contrato antes de la medianoche — siseó por lo bajo solo para los tres.
Magnus soltó un gruñido, medio divertido, medio irritado, pero cedió el paso.
Alex se situó detrás de Helena y su sombra la envolvió por completo, bloqueando la luz de las lámparas. Helena cerró los ojos, cada fibra de su ser gritando ante la proximidad del hombre que la había hecho arder en la oscuridad.
Cuando Alex rodeó su cuello con el collar, sus dedos rozaron la piel desnuda de su nuca. El contacto fue eléctrico, una descarga que la hizo estremecerse de la cabeza a los pies.
Alex se demoró a propósito, sus yemas acariciando la línea del cabello, subiendo la temperatura de la piel de Helena hasta que ella estuvo segura de que Magnus podría ver el rastro de calor.
— Te queda mejor que la sábana de la suite 69 — le susurró Alex al oído, un siseo tan bajo que se perdió entre el ruido de los aplausos de los invitados — Te ves deliciosa vestida de inocencia, ¡Madre!
Helena palideció, sintiendo que las rodillas le flaqueaban.
Antes de apartarse, Alex deslizó un objeto pequeño y metálico en la mano de ella que descansaba oculta entre los pliegues del vestido. Cerró los dedos de Helena con una presión firme y significativa.
Ella bajó la vista discretamente. Era su cadena de oro, la que llevaba el dije con sus iniciales, HW. La que Magnus le había regalado cuando aceptó el compromiso y que ella creía haber perdido en el fragor de la pasión prohibida la noche anterior.
— Tú dejaste esto en mi cama — continuó él, su voz vibrando directamente contra su oído — Ahora yo tengo algo tuyo. No lo olvides nunca, Magnus puede haber comprado el nombre, pero yo fui el primero en tu cama, ¡Estoy seguro!
La orquesta comenzó a tocar un vals de clausura. Magnus, con una mirada cargada de una lascivia oscura y triunfal, tomó el brazo de Helena, tirando de ella como si fuera una muñeca de trapo.
— Es mi hora, querida. Los invitados pueden seguir ahogándose en alcohol, pero nosotros tenemos un trabajo dinástico que empezar — dijo Magnus, arrastrándola hacia el auto para dirigirse a la mansión Miller.
Helena miró hacia atrás por encima del hombro.
Alexander seguía de pie junto a la mesa, solo, una figura imponente que parecía emanar una violencia contenida.
Sus ojos grises la siguieron hasta que las puertas de latón se cerraron, sellando su destino para esa noche.
En el salón, Alex se giró hacia la barra del bar. Tomó el vaso de cristal que Magnus había dejado a medias y lo apretó en su puño con una fuerza inhumana.
El cristal estalló en mil pedazos y el whisky se mezcló con la sangre roja y espesa que comenzó a brotar de su palma, goteando sobre el mármol negro del suelo.
— Lo que compraste con dinero, viejo bastardo — mascó Alex entre dientes, ignorando el dolor del vidrio clavado en su carne — yo lo recuperaré con sangre. Puede que uses su cuerpo. ¡Pero no dejaré que le hagas lo que mi madre, no la convertirás en una fantasma… papá…!







