Magnus Miller no caminaba, colonizaba el espacio. El sonido rítmico de su bastón contra el suelo de madera noble era el único metrónomo de una escena que parecía congelada en el tiempo.
Sus ojos, dos esquirlas de hielo antiguo, se clavaron primero en Helena, que intentaba desesperadamente recuperar una compostura que ya no poseía, y luego en su hijo mayor.
El aire en el camarote principal del The Miller’s Legacy se volvió denso, cargado de un magnetismo opresivo que hacía difícil incluso parpad