3 El Ritual De La Impotencia

La estancia, decorada con un lujo ofensivo que pretendía enmascarar la decadencia de su dueño, olía a lirios blancos y al perfume rancio, amaderado y asfixiante de Magnus.

El silencio de la suite nupcial no era paz, era una soga que se estrechaba. Helena estaba de pie junto al borde de la inmensa cama con dosel, sintiendo el peso del collar de diamantes como un grillete de platino.

Magnus se despojó de su chaqueta de esmoquin con una parsimonia que helaba la sangre. Al quedar en camisa, su cuerpo revelaba una firmeza mantenida a base de tratamientos caros y gimnasio, pero sus ojos ocultaban la verdad que su virilidad callaba, eran pozos vacíos de deseo, habitados solo por una voluntad sádica de dominio.

— No me mires con miedo, Helena — dijo Magnus, acortando la distancia.

Sus manos, gélidas como el cristal de una morgue, se deslizaron por los hombros de ella, bajando el encaje del vestido hasta exponer su piel.

— No soy un hombre de impulsos animales. La carne es débil, pero el control es eterno.

Fue entonces cuando Helena comprendió la verdadera magnitud de su pesadilla.

Magnus no podía poseerla con la pasión volcánica que Alex había desatado en ella, su cuerpo era un templo caído, un motor que se negaba a arrancar. Y precisamente por esa impotencia que lo humillaba, necesitaba destruirla a cualquier mujer que estuviera en su cama.

De un cajón de caoba, Magnus extrajo con reverencia casi religiosa unas ataduras de seda negra y objetos de acero pulido que relucieron bajo la luz mortecina de las velas.

— Como mi cuerpo no puede reclamarte, mi voluntad lo hará — susurró contra su oído, y su aliento frío la hizo estremecerse de asco y de miedo.

La obligó a tumbarse y, con una destreza que delataba años de práctica en la sombra, ató sus muñecas y tobillos a los cuatro postes de la cama. La seda no era suave, apretaba lo suficiente para marcar la piel de porcelana, dejando a Helena totalmente abierta, vulnerable y humillada.

Magnus no buscaba placer mutuo, buscaba la aniquilación de la dignidad de su esposa. Tomó un dildo de cristal, helado, y comenzó a pasarlo por el vientre de Helena, bajando con lentitud tortuosa hacia su intimidad.

— Mírate — mascó él, observando cómo la piel de Helena se erizaba por el frío del objeto — Eres un recipiente, Helena. Un trofeo que he comprado para que el mundo crea que todavía soy el rey. Si no puedo sentirte dentro de mí, te haré sentir el peso de mi propiedad a través de cualquier cosa.

Introdujo el objeto sin una gota de lubricación, con una brusquedad que le arrancó a Helena un grito de dolor seco.

No era sexo, era una bruta inspección ginecológica teñida de sadismo.

Magnus disfrutaba viendo las lágrimas rodar por el rostro de su esposa mientras él utilizaba sus herramientas para reclamar un territorio que su propia biología le negaba.

Utilizó pinzas de plata en sus pezones, apretando hasta que Helena jadeó, mientras él le narraba con voz monótona y gélida cómo cada centímetro de su piel era ahora un activo más del dueño de Miller Global.

La humillación alcanzó su cúspide cuando Magnus tomó una vela de cera negra.

—Lo que yo marco como mío, nadie más tiene el derecho de tocarlo — dijo, inclinando la vela sobre el pecho de ella.

El dolor de la cera hirviendo sobre su piel la hizo arquearse y gritar de dolor contra las ataduras.

Magnus observaba su agonía con una satisfacción clínica, compensando su falta de erección con el espectáculo de la rendición absoluta de Helena.

Cuando terminó, la desató con la misma indiferencia con la que un carnicero cuelga un trozo de carne.

— Debes conservar mi rastro hasta la mañana — ordenó cuando ella intentó ir al baño con las piernas temblorosas — Quiero que duermas así, marcada por mi dominio. Un trofeo no se limpia hasta que el dueño lo decide.

Magnus se retiró al vestidor, dejándola sumida en un dolor y un asco pegajoso.

Helena sentía que las paredes se cerraban como un ataúd. En un arranque de pánico, se puso un camisón de encaje que Magnus había dejado preparado, pero al intentar abrocharlo con manos frenéticas, la seda se desgarró por el escote, dejando un tirante colgando.

No le importó.

Descalza y con el alma hecha trizas, huyó de la suite.

Corrió por los pasillos alfombrados, buscando un rincón donde el aire no oliera a él.

Al doblar una esquina, casi choca contra Chase, el hijo menor la miró con horror genuino al ver su estado, desgreñada, con el camisón roto y marcas rojas visibles en su cuello y pecho.

— ¡Helena! ¿Qué ha pasado? ¿Mi padre te ha...? — Chase intentó rodear sus hombros con una dulzura fraternal que ella sintió como otra invasión.

— ¡No me toques! — gritó ella, empujándolo con una violencia nacida del trauma. Helena no vio la compasión en sus ojos, solo vio a otro Miller.

Se zafó de él y corrió hacia el despacho al final del pasillo. Esa era la única puerta que podía abrir.

Entró y cerró la puerta de golpe, desplomándose en el suelo. Empezó a frotarse los brazos y los muslos con una desesperación frenética, intentando arrancarse la sensación de la cera, de los dedos congelados de Magnus, del metal frío y de todo aquel ritual espantoso y escalofriante del que acababa de ser víctima.

— ¡Fuera... quítatelo... quítatelo! — susurraba, arañándose la piel hasta que se tornó roja.

— No vas a poder quitártelo así…

La voz surgió de las sombras del fondo, profunda y vibrante. Alexander estaba sentado en el sillón tras el escritorio, con una copa de whisky en la mano. Lo había visto todo, su degradación, su huida, su miseria.

Alex se levantó con la gracia de un depredador y caminó hacia ella. Helena se encogió sobre sí misma, pero Alex hizo algo que la desarmó. Se quitó su chaqueta de esmoquin y la envolvió en ella de forma protectora.

Lo que Helena desconocía era que Alex había presenciado cómo su madre sufría el mismo tormento, no por su impotencia, sino por la fetichización sexual egoísta y cruel de su padre.

Observó a la mujer temblando dentro de su abrigo, y en ese momento sintió que podía salvarla y que, al mismo tiempo, lo consumía un deseo posesivo.

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