Helena caminaba de un lado a otro, descalza sobre la alfombra persa, sintiendo cómo el mundo giraba de forma intermitente.
La habitación de Helena se sentía más como una celda que como un refugio. Por órdenes de Magnus, el "descanso" se había vuelto obligatorio, una reclusión que solo servía para que las paredes le devolvieran el eco de sus propios miedos.
Se detuvo frente al espejo del tocador y presionó sus manos contra su vientre plano. Sus dedos temblaban.
Había estado contando los días, es