4 Seducción Por Supervivencia

Una semana después, la luz de la mañana no trajo claridad, solo una realidad más cruda. Helena observaba el teléfono en su mano, la pantalla iluminada con los mensajes desesperados del hospital.

— La paciente requiere de una intervención con urgencia, si no se le practica, tal vez no sobreviva — decía el último mensaje del médico, junto con las facturas de la administración — Estaré esperando que haga el pago para agendar a su madre en quirófano.

No había tiempo. La cirugía era inminente y el coste era una cifra absurda que bailaba en la pantalla burlándose de sus nervios. Helena no poseía ese dinero, Magnus se había asegurado de que sus cuentas estuvieran tan vacías como sus promesas de amor.

Había intentado apelar a la “generosidad” de su marido, pero Magnus, sentado tras su escritorio, ni siquiera se había dignado a mirarla.

— La fertilidad tiene un precio, Helena — había dicho él con esa voz gélida — Dame un heredero, confírmame que tu vientre es el refugio de mi sangre, y entonces abriré mi chequera. Hasta entonces, ella no es más que un gasto innecesario.

Sí. Su padrastro la vendió a ese viejo pervertido. Su padrastro ya había recibido lo que le correspondía; cualquier cantidad adicional era una transacción aparte. Pero, ¿cómo iba a tener un hijo con un objeto de cristal?

El asco de Helena se transformó en una fría determinación. Magnus no la ayudaría y ella no podía esperar. Necesitaba un aliado, o mejor dicho, un arma. Y la única opción lo suficientemente poderosa para cumplirle a Magnus y salvar a su madre era Alexander.

Helena caminó hacia el despacho de Alex y entró sin llamar. Él estaba junto al ventanal, con la camisa entreabierta, hablando por teléfono con una frialdad profesional que imponía respeto.

— Ya lo sabes, quiero un informe detallado en mi correo. No me bastan las informaciones a medias.

— ¿Quiere también los detalles familiares? —preguntó la voz al otro lado.

— ¡Sobre todo eso! Lo quiero completo — enfatizó Alex.

Helena no tenía idea de que ella era el objeto de esa investigación privada. El hombre se giró y, al verla, sus ojos grises se encendieron con esa chispa volcánica que ella ya conocía.

— ¿Te has perdido otra vez, madrastra? — preguntó con un deje de ironía, recorriendo su figura con una lentitud que la hizo sentir desnuda.

Helena no retrocedió. Se acercó hasta que pudo sentir el calor de su pecho y, con manos temblorosas, comenzó a desabrochar los botones de su camisa. Los escrúpulos eran un lujo que no podía permitirse.

— Necesito ayuda, Alex. Mi madre se muere, Magnus quiere un hijo a cambio de su vida... Ayúdame a salvarla y seré tuya. Como quieras. Donde quieras…

Alex la sujetó de las muñecas, apartándola con una brusquedad que la hizo jadear. Sus ojos rebosaban un desprecio que ocultaba una envidia profunda hacia su padre.

— ¡Así que esto es lo que eres! Una trepadora astuta intentando cambiar de amo por una mejor oferta.

Helena sintió la bofetada de sus palabras y una lágrima se asomó en sus ojos, pero antes de que pudiera huir, Alex la atrapó de nuevo, estrellándola contra el escritorio de caoba con una urgencia territorial.

— Tientame.

Helena no sabía cómo seducir a los hombres; su única experiencia había sido aquella noche, pero esa noche Alex tomó la iniciativa. Intentó recordar, pero antes se le puso la cara roja. Ella notó que los labios de Alex se curvaban ligeramente, así que lo besó directamente.

Sintió cómo Alex usaba su lengua para abrirle los labios y luego comenzaba a saborear la punta de su lengua. Sus manos acariciaron sus muslos y luego se deslizaron lentamente bajo su falda.

Estaba a punto de poseerla allí mismo cuando el sonido de pasos en el pasillo los hizo congelarse.

— ¿Helena? ¿Estás ahí? — Era la voz de Chase.

El pánico recorrió la columna de Helena. Alex, con la agilidad de un depredador, se deslizó bajo el gran escritorio de caoba justo cuando la puerta se abría.

Helena se arregló el vestido de un tirón, ocultando el temblor de sus manos detrás del mueble.

Chase entró, deteniéndose al verla.

— Te he buscado por toda la casa — dijo el joven con esa dulzura que a Helena le partía el alma — Mi padre es un hombre difícil, pero …

Helena intentó responder, pero en ese instante sintió una mano grande y cálida envolver su tobillo bajo la mesa.

Con una audacia temeraria, los dedos de Alex comenzaron a subir por su pierna, acariciando la piel interna con una lentitud tortuosa que amenazaba su cordura.

— ¿Helena, estás temblando? — preguntó Chase, inclinándose hacia ella.

Helena clavó las uñas en el borde de la mesa. Alex no se detuvo, su mano alcanzó la seda de su lencería, deslizándose por debajo para reclamarla con una posesividad salvaje.

— Solo... es el estrés, Chase — logró articular, mientras sentía cómo los dedos de Alex la exploraban con una presión insistente que la obligaba a morderse el labio para no gemir frente a la mirada pura del hermano menor.

— Te ayudaré.… cuando quieras — añadió Chase, y salir del despacho.

En cuanto la puerta se cerró, Alex salió de debajo del escritorio. No había burla, sino una intensidad oscura. Helena fue directo al grano.

— ¿Me darás el dinero para la cirugía?

Alex la miró en silencio. Sacó su teléfono y revisó un informe que acababa de entrar. Sus ojos se entrecerraron.

El informe detallaba que Helena ya había empezado a vender sus joyas de recién casada para cubrir los gastos iniciales. Su padre la tenía contra las cuerdas, y ella estaba dispuesta a todo.

Confirmando que los médicos están bajo nómina de Magnus y que la cirugía era real, Alex vio su oportunidad de oro, ser el héroe que ella necesitaba, pero cobrando un interés eterno.

— Te daré el dinero, Helena — dijo él, atrapando su mandíbula con una mano — se lo que has hecho, vendiste tus joyas... Eres persistente, te lo concedo. Mañana se hará el depósito. Pero a cambio, tu alma y tu cuerpo me pertenecerán. Cada vez que yo llame, vendrás a mí sin protestar.

Helena asintió, sollozando de alivio.

— Iré a verte esta noche.

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