El tiempo pareció congelarse en el gran vestíbulo de mármol de Key Biscayne. El eco de las risas infantiles que flotaba desde el pasillo del fondo se apagó de golpe, devorado por el sonido rítmico, denso y pesado del goteo de la sangre.
Gotas carmesí sobre la seda negra de su camisa. Gotas de una factura biológica implacable que el cuerpo del magnate ya no podía contener.
Helena se quedó inmóvil un segundo, sintiendo cómo el alma se le escapaba del cuerpo.
Sus ojos esmeralda, que minutos antes