6 El Dulce Refugio

Chase Miller siempre había sido el hijo defectuoso a los ojos de su padre. Demasiado sensible, demasiado inclinado al arte, demasiado parecido a la sangre que Magnus intentó borrar de la historia “familiar”.

Por eso, cuando vio a Helena atrapada en la biblioteca, no vio a una madrastra ni a un trofeo, vio a un alma con la que se identificaba en el sufrimiento.

Entró en la biblioteca en silencio. No traía exigencias ni fuego, solo una manta de lana y una taza de té que él mismo había preparado en la cocina para evitar las miradas de los sirvientes.

Helena estaba hecha un ovillo en el sofá, temblando. El vestido rojo, tan agresivo y explícito, parecía una herida abierta sobre su cuerpo.

— No voy a acercarme si no quieres, Helena — dijo Chase con una voz suave, manteniendo una distancia respetuosa — Solo quiero que dejes de temblar.

Helena levantó la vista. Sus ojos, llenos de pánico, se suavizaron al ver la expresión de Chase. No había lascivia en su mirada, no había esa oscuridad hambrienta que siempre encontraba en Alexander ni el vacío gélido de Magnus. Había paz.

— Él me encerró... — susurró ella, con la voz rota.

— Lo sé. Yo también he estado en este cuarto bajo llave por no ser lo suficientemente Miller — confesó Chase con una sonrisa triste, mientras se acercaba lentamente para colocar la manta sobre los hombros de ella — Mi padre cree que el silencio rompe a la gente, pero no sabe que en el silencio es donde los fuertes aprendemos a sobrevivir.

Chase se sentó en el suelo, junto al sofá, pero sin tocarla. Empezó a hablarle de sus bocetos, de cómo la luz en Miami cambiaba según la marea, intentando distraerla del horror del banquete que ocurría al otro lado de la mansión.

Mientras hablaba, Chase la observaba de reojo, mientras lo recorría un atisbo de reconocimiento de un cambio de emociones en su interior cuando estaba junto a ella, algo nacido de una acumulación de detalles.

Recordó la primera vez que la vio enfrentar a Magnus en la cena, Helena estaba pálida, sus manos temblaban bajo la mesa, pero sostuvo la mirada del patriarca sin ceder.

Esa fragilidad externa que escondía una columna vertebral de acero fue lo que lo cautivó.

«Es más fuerte que todos nosotros», pensó Chase. «Soporta a mi padre cada noche y se levanta cada mañana con la cabeza alta. ¿Cómo no iba a sorprenderlo?».

Inconscientemente, Chase se había encontrado pensando en ella a todas horas. No en su cuerpo, sino en su risa silenciada, en la forma en que sus cejas se juntaban cuando parecía preocupada.

Para él, Helena comenzaba a convertirse en el nuevo centro de su universo, no como una posesión, sino como una musa que necesitaba ser protegida de la tormenta que eran los Miller.

— Eres la persona más valiente que he conocido — dijo Chase de repente, rompiendo el hilo de su propia historia.

Helena lo miró, confundida.

— ¿Valiente? Chase, estoy aterrada. Siento que me estoy desmoronando.

— Los valientes también se desmoronan, Helena. Pero tú te reconstruyes cada vez — él extendió la mano y, con una delicadeza infinita, retiró un mechón rebelde que caía sobre su frente — Mi padre intenta que parezcas frágil para que creas que lo necesitas. Pero él es el débil. Él necesita el dolor para sentirse vivo. Tú no. ¡Tú eres luz!

Por primera vez en días, Helena sintió que podía respirar. La presencia de Chase era como una venda tibia sobre una herida supurante. No se sentía juzgada, no se sentía comprada. Con él, era simplemente Helena.

Se quedaron en silencio durante una hora, un silencio que ya no era una tumba, sino un refugio.

Chase se quedó allí, cuidando su sueño cuando ella finalmente cerró los ojos, agotada por el dolor y la tensión. y se prometió a sí mismo que, aunque no tuviera la fuerza física de Alex ni el poder de Magnus, encontraría la forma de ser su salida.

Su cercanía era una devoción silenciosa, una que prefería verla libre antes que tenerla atada.

Pero mientras la observaba dormir, una chispa de determinación nueva nació en él. No dejaría que Magnus la apagara, y tampoco dejaría que Alexander la consumiera.

Al amanecer, Magnus abrió la puerta de la biblioteca, esperando encontrar a una mujer quebrada. Se detuvo en seco al ver a Chase sentado junto a ella, leyendo un libro Helena dormía tranquila, envuelta en la manta de su hijo menor.

— ¿Qué haces aquí, Chase? — preguntó Magnus, y su voz vibró con una amenaza latente.

Chase se levantó, cerró el libro con calma y miró a su padre a los ojos, sin la sumisión de siempre.

— Le estoy recordando que en esta casa todavía queda algo de humanidad, padre. Y no voy a permitir que vuelvas a cerrar esta puerta.

Magnus apretó el puño sobre el pomo de plata de su bastón. ¿Te refieres a que quieres renunciar a tus derechos de herencia?

Su hijo menor, el que siempre consideró débil, estaba desafiándolo con una calma que no le conocía, mientras Helena, envuelta en la manta de Chase, parecía haber encontrado un gramo de paz en medio de su tormento.

Magnus dio un paso hacia Helena, y ella, que acababa de escucharlos hablar, se  encogió instintivamente contra el sofá sin abrir los ojos.

— El "Legacy" zarpa a las ocho — sentenció el patriarca — Es la gala anual de la naviera y el sector financiero de Miami estará observando. No toleraré más estupideces. Quiero que el mundo vea que los Miller somos invencibles. Chase, será mejor que pienses en lo que es mejor para ti.

Magnus se dio la vuelta y salió de la biblioteca, el golpe de su bastón se alejaba por el pasillo como una cuenta regresiva.

Helena miró a Chase, mientras el terror volvía a sus ojos.

Chase se arrodilló de nuevo frente a ella y le tomó las manos con una firmeza que intentaba transmitirle su propia fuerza.

— Estaré contigo todo el tiempo, Helena. En ese yate, entre cientos de personas, nadie te hará daño — prometió él, aunque en su interior, el descubrimiento de su propio incipiente amor por ella lo hacía sentirse tan vulnerable como un edificio de cristal en medio de un huracán.

Sin embargo, Helena comprendió que Chase era como una página en blanco y que era incapaz de protegerla en lo que respecta a la familia y la herencia.

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