El silencio en el gran vestíbulo de mármol de la mansión de Key Biscayne volvió a tornarse denso, dominado por la sombra imponente de Alexander y la mirada fija de Helena sobre el sobre de papel kraft.
El lacre rojo brillante parecía la última sangría de una guerra que se había prolongado durante años, devorando vidas, familias e imperios.
Alexander no vaciló.
Con la frialdad de quien ha dominado a la muerte en la mesa de un quirófano, deslizó su pulgar debajo del sello institucional y rasgó el