—¿Y qué se supone que hagamos entonces? —pregunto, mi voz ronca, áspera, quebrada por dentro.
No estoy gritándole, pero lo que siento por dentro es una tormenta. Siento el alma encendida en llamas y los cimientos de todo lo que pensé que podía controlar… cayéndose a pedazos.
Arielle me mira. Y en sus ojos hay algo que me destruye. No es odio. No es rabia. Es peor. Es dolor. Un dolor tan profundo que parece no tener fondo. Y que soy consciente de que yo mismo he ocasionado.
Ella baja la mira