El sol entraba tibio por los ventanales de la mansión Aslan, filtrándose entre las cortinas como una caricia. Era una mañana sin sobresaltos, sin audiencias ni titulares, solo el murmullo de una casa que volvía a ser hogar. En la cocina, Ayla preparaba café mientras Halil hojeaba el periódico sin buscar escándalos. Zeynep revisaba correos en su despacho, y Nehir caminaba descalza por el pasillo, con una libreta en la mano y una sonrisa que no necesitaba esconderse.
Mirza la alcanzó en la galerí