El amanecer en la mansión Aslan fue distinto. No había periodistas en la puerta ni llamadas urgentes desde los tribunales. El aire olía a pan recién hecho y a café, y las risas de Ayla en la cocina se mezclaban con el murmullo de los pájaros. Por primera vez en meses, la casa respiraba como un hogar.
Nehir se levantó temprano, con la sensación de que el día traía consigo una promesa. Caminó descalza por el pasillo hasta la biblioteca, donde encontró a Mirza revisando unos documentos. No eran ex