La luz entraba despacio por los ventanales, como si supiera que no debía interrumpir. En la habitación principal de la mansión Aslan, las cortinas se movían apenas con la brisa, y el aire olía a jazmín y a café recién hecho. Nehir despertó con el cuerpo envuelto en una tibieza que no venía solo de las sábanas. A su lado, Mirza dormía aún, con el rostro relajado, la respiración profunda, una mano extendida hacia ella como si incluso en sueños supiera que estaba cerca.
Ella se giró despacio, sin