La mañana amaneció con un viento suave que arrastraba hojas secas por el patio de la clínica. Zeynep llegó temprano, con la carpeta de informes bajo el brazo y la determinación de quien sabe que cada día es una prueba de resistencia. Saludó a los voluntarios, revisó las listas de pacientes y se instaló en su despacho. El aire olía a café recién hecho y a papel nuevo, como si la jornada quisiera empezar con un gesto de renovación.
Arda apareció poco después, puntual como siempre, con la tablet e