El amanecer en Estambul traía consigo un aire distinto. No era la tensión de los días de juicios ni el murmullo de la prensa en las calles. Era un silencio cargado de esperanza, como si la ciudad misma hubiera decidido concederles un respiro. Nehir se despertó antes que Mirza, con la luz suave entrando por la ventana y el sonido lejano de los vendedores preparando sus puestos. Se quedó un instante observando el rostro de él, tranquilo, sin la dureza que tantas veces había visto en medio de las