La mañana no llegó con luz. Llegó con peso.
Nehir se despertó en el sofá del despacho, aún vestida, con los papeles de Sedat Kara esparcidos como cenizas sobre la mesa. El café que Mirza le había traído estaba frío, pero el gesto seguía tibio en su memoria. No se había movido en toda la noche. No por agotamiento. Por preparación.
Hoy iba a enfrentarlo.
No como jueza.
Como sobrina.
Como mujer que había sido moldeada por un hombre que ahora quería quebrarla.
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Mirza la esperaba en el comedor. Ves