La madrugada en la mansión Aslan era distinta. No por el silencio, sino por la forma en que Nehir lo habitaba. Ya no caminaba como jueza. Caminaba como testigo. Como sobreviviente. Como mujer que había mirado a su tío a los ojos y le había dicho que no se arrodillaría.
El abrazo de Mirza la había sostenido más de lo que esperaba. No por lo físico. Por lo simbólico. Por primera vez, él no era el hombre que la observaba desde la distancia. Era el que estaba allí cuando el mundo se quebraba. Y eso