CAPITULO 11

En la habitación 402, el aire se volvió tan pesado que Elena sentía que sus pulmones iban a colapsar. Tatiana mantenía su sonrisa de suficiencia, creyéndose la dueña de la situación, mientras Matteo permanecía de pie, con los puños cerrados y la respiración entrecortada.

Elena, pálida y con los labios azulados por la falta de oxígeno, comenzó a jadear. Sus ojos se pusieron en blanco por un segundo y su mano buscó desesperadamente el botón de emergencia. El monitor de presión arterial estalló en un pitido frenético.

Al ver el estado de Elena, algo se rompió dentro de Matteo. El odio quedó sepultado por un instinto de protección primario que no pudo controlar. Se giró hacia Tatiana y su rostro no era el de un hombre enojado; era el de un verdugo.

—¿Te parece divertido? —siseó Matteo con una voz que hizo que Tatiana diera un paso atrás, perdiendo la sonrisa—. ¿Crees que puedes entrar aquí a terminar el trabajo de tu padre?

—Solo vine a ver a mi hermana, Matteo, no te pongas así... —balbu
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