El hospital estaba sumido en el silencio de la madrugada. Matteo entró en la habitación de Elena, esta vez sobrio, pero con una agitación interna que no le daba tregua. Se detuvo en el umbral al ver a un joven doctor inclinado sobre ella, revisando su vía intravenosa con una cercanía que a Matteo le pareció ofensiva.
El médico, un hombre joven y de aspecto amable, le ajustaba la manta a Elena y le susurraba algo para tranquilizarla mientras ella dormía. Le apartó un mechón de pelo de la frente con una delicadeza que hizo que la sangre de Matteo hirviera.
—¿Qué demonios cree que está haciendo? —la voz de Matteo cortó el aire como un cuchillo.
El doctor se sobresaltó y se puso recto, ajustándose las gafas. —Señor Vieri, solo estoy comprobando sus niveles de glucosa. La paciente tuvo una crisis severa hace unas horas y...
—Ya hizo su trabajo. Ahora lárguese —ordenó Matteo, acercándose con paso pesado—. No quiero que nadie que no sea estrictamente necesario la toque. ¿Fui claro?
—Señor, s