El hospital estaba sumido en el silencio de la madrugada. Matteo entró en la habitación de Elena, esta vez sobrio, pero con una agitación interna que no le daba tregua. Se detuvo en el umbral al ver a un joven doctor inclinado sobre ella, revisando su vía intravenosa con una cercanía que a Matteo le pareció ofensiva.
El médico, un hombre joven y de aspecto amable, le ajustaba la manta a Elena y le susurraba algo para tranquilizarla mientras ella dormía. Le apartó un mechón de pelo de la frente