Mundo de ficçãoIniciar sessãoDurante dos años, Enny Arizmendi creyó ser la mujer amada de Luca Ferrer, el joven heredero del Grupo Ferrer. Lo entregó todo por él: su cuerpo, su corazón... y hasta renunció a sus propios sueños por un futuro que Luca le prometió una y otra vez. Pero el destino tenía preparada la peor de las traiciones. El mismo día en que Enny descubre que está embarazada y corre ilusionada para darle la noticia, Luca anuncia su compromiso con la heredera de una de las familias más influyentes del país... mientras niega conocer a la mujer que lleva a su hijo en el vientre. La humilla, la despide y le arroja un sobre lleno de dinero para comprar su silencio. En cuestión de horas, Enny pierde al hombre que amaba, su trabajo, su hogar... y las ilusiones de formar una familia. Empapada por la lluvia y con la ecografía apretada contra el pecho, solo desea desaparecer. Hasta que un lujoso automóvil se detiene frente a ella, del vehículo desciende un hombre cuya sola presencia impone silencio, él es elegante e inalcanzable. Valentino Ferrer. El hermano mayor de Luca, el verdadero heredero del imperio y el único hombre capaz de destruirlo. Cuando una tragedia termina arrebatándole el bebé que esperaba, Enny siente que ya no le queda nada por perder, es entonces cuando Valentino le hace una propuesta tan escandalosa como irresistible: Casarse con él. Él necesita una esposa para consolidar su regreso y reclamar la presidencia del Grupo Ferrer. Ella necesita un apellido tan poderoso que nadie vuelva a pisotearla. Lo que comienza como un acuerdo para cobrar una dulce venganza pronto se convierte en una guerra donde cada beso es una amenaza, cada caricia rompe una regla y cada noche juntos hace más difícil recordar que todo empezó por conveniencia.
Ler maisENNY
—Algún día voy a dejar de ser la mujer que escondes... o este va a ser mi lugar para siempre?
Luca sonrió de lado, me atrapó por la cintura con la soltura de quien se sabe dueño de la casa y me jaló contra su pecho. Olía a sándalo de su loción, ese aroma penetrante que se me pegaba a las sábanas y a la piel durante días. Sus dedos se entrelazaron en mi espalda sin prisa mientras la luz ámbar del atardecer se filtraba por las persianas a medio cerrar.
—Otra vez esa cara, Enny —murmuró contra mi cuello, buscándome la boca con besos cortos que me obligaron a aflojar los hombros—. La cara que pones cuando te da por armar tragedias en tu cabecita.
—Es en serio, Luca —insistí, apoyando las palmas contra sus pectorales para marcar una distancia mínima—. Hoy en la oficina me levantaste la voz delante de la gente de contabilidad solo porque me retrasé cinco minutos con los informes de cierre.
Él soltó una risa corta que le retumbó en el pecho.
—Había tres directores parados a la mitad del pasillo, no podemos darles motivos para que sospechen nada. Sabes perfectamente cómo vuela el chisme en Ferrer Corp.
—Y hace dos horas me estabas besando detrás de los archiveros del cuarto piso como si te fueras a morir si no me tocabas.
—Y lo volvería a hacer —atrapó mi labio inferior con los dientes, apretando con la fuerza justa para sacarme un respingo—. Sabes por qué hacemos esto. Mi padre tiene la vista puesta en cada uno de mis pasos, vigila hasta con quién me siento a comer. Siempre admiré que fueras diferente a las mujeres que me rodean, Enny. Tienes una cabeza brillante, eres recta, no andas buscando figurar, por eso confió en ti.
El cumplido me apreto el pecho, pero no fue suficiente para apagar la punzada que llevaba semanas atragantada en mi garganta.
— ¿Cuándo voy a conocer a tu familia?
Luca soltó mi cintura, fue un movimiento sutil, pero la tibieza de la habitación se evaporó de golpe. Antes de responder, deslizó la mirada hacia el buró de la cama, fijando los ojos un instante de más en la carátula de su reloj de pulsera. Luego se pasó la mano por el cabello con un gesto ensayado, desviando la cara hacia la ventana antes de volver a mirarme.
—Después del lanzamiento del proyecto de Nueva York —dijo, bajando el tono con demasiada soltura.
—¿Me lo prometes? —me incorporé despacio, sujetando la sábana contra el pecho.
Él se giró a mirarme, se inclinó sobre la cama, me tomó el rostro con ambas manos y me besó la frente con una tibieza que terminó por desarmar cualquier defensa.
—Voy a hablar con mi padre, Enny. Después de esta semana dejarás de ser mi secreto. Te voy a presentar como lo que eres: la mujer que elegí. Cuando termine este compromiso familiar... seremos solo tú y yo.
Tres días después, el olor a desinfectante del consultorio me raspaba la nariz. Estaba acostada en una camilla metálica con las piernas cubiertas por una sábana de papel que crujía con cada movimiento.
La médica activó el transductor con gel frío sobre mi vientre. El único sonido en el cuarto era el chasquido del teclado donde ingresaba mis datos.
—¿Puedes ver? —preguntó la doctora, girando la pantalla hacia mi lado.
Me quedé sin aire.
—Es un punto blanco —dijo con una sonrisa amable—. Está de seis semanas, señorita Arizmendi. Ese punto ya le cambió la vida.
Apreté el papel de la camilla hasta romperlo, una lágrima se me escapó por la emoción, perdiéndose entre mi cabello. Un bebé, nuestro bebe. La prueba de que estos dos años de esperas a deshoras, de llamadas a medianoche y de viajes que pagué con mis propios ahorros para alcanzarlo en sus giras tenían un sentido. Había rechazado ofertas en dos despachos de prestigio en la capital para quedarme en su área de archivos, ganando un sueldo modesto para no entorpecer su carrera. Todo el esfuerzo al fin tenía un puerto.
Salí a la calle y el aire caliente de la tarde me pareció limpio, guardé la ecografía dentro de mi bolso junto al comprobante del cajero automático que acababa de sacar. Después de cubrir las deudas médicas de mi madre y enviar dinero durante meses a mi familia en provincia, mis ahorros apenas alcanzaban para sobrevivir tres semanas más. Pero ya no importaba, Luca y yo formaríamos una familia.
Saqué el teléfono con la mano temblorosa.
Enny: Tengo una sorpresa.
Luca: ¿No puedes esperar al viernes?
Enny: No. Esta vez no.
Luca: Me estás asustando.
Enny: Te juro que es la mejor noticia de tu vida.
Luca: Entonces yo tengo otra para ti.
Enny: ¿Cuál?
Luca: Que ya quiero verte.
Sonreí en medio de la acera, abracé el sobre amarillo con la ecografía contra el pecho, sintiendo un calor firme debajo de las costillas. Por primera vez en dos años, no sentí miedo.
Tomé un taxi directo a la residencia de los Ferrer, pero cuando el auto dobló en la última calle, la escena me tomo por sorpresa.
La casona estaba iluminada de punta a punta, autos deportivos y camionetas blindadas ocupaban ambos lados de la avenida. Valets de chaleco rojo corrían abriendo puertas, había arreglos enormes de flores blancas en los portones de hierro y decenas de personas en traje largo y esmoquin subían la escalinata.
Me bajé del taxi a media cuadra, avancé entre los invitados sintiéndome fuera de lugar con mi abrigo sencillo y mis zapatos de piso. Luca no me había dicho nada de una fiesta.
Al llegar a la reja principal, un guardia de seguridad me cerró el paso poniendo un brazo firme al frente.
—Señorita, su invitación.
—No tengo —tragué saliva, sintiendo la mirada de arriba abajo de una mujer cubierta de joyas que pasaba a mi lado—. Vengo a ver a Luca Ferrer, necesito hablar con él.
El guardia frunció el ceño, a punto de tomarme del brazo para sacarme de la fila, cuando un hombre canoso que pasaba cerca le hizo un gesto indiferente.
—Déjala pasar, es la abogada del departamento de archivos de la empresa. Seguro trae algún expediente que olvidaron en la oficina.
El guardia se hizo a un lado, crucé el portón no como la mujer que Luca amaba, sino como la empleada que llevaba los papeles.
El salón olía a perfume caro, a puros y a champán. Me acomodé torpemente cerca de un ventanal, buscándolo entre la gente. Me imaginaba su cara cuando viera la ecografía, la forma en que me sacaría de ahí sin importar la gente.
De pronto, un golpe seco sobre una copa de cristal silenció el murmullo de las voces. Don Humberto Ferrer estaba parado a la mitad de la gran escalera de mármol.
—Esta noche celebramos dos acontecimientos cruciales para nuestra familia —su voz resonó limpia por los altavoces—. El regreso de mi hijo mayor... Valentino Ferrer.
Un aplauso medido recorrió el salón, algunos empresarios comentaron en voz baja que el verdadero heredero estaba de vuelta. Don Humberto esperaba que el sonido cediera antes de continuar con un ademán firme.
—Y el compromiso oficial de mi hijo menor, Luca... con la señorita Ana Paula Villaseñor.
La sangre se me dreno de golpe. El corazón me dio un vuelco tan violento que me dejó sorda.
Luca apareció en lo alto de la escalera, impecable en un esmoquin negro. Tenía del brazo a una mujer joven, de vestido claro y una elegancia natural. Ella levantó la mano para mostrar un diamante enorme en su dedo anular, mientras Luca la miraba con una atención absoluta, bajando los escalones a su lado entre felicitaciones y copas en alto.
El sobre con la ecografía se me resbaló de las manos.
El papel amarillo cayó al piso de mármol, justo a un lado de mis zapatos. La imagen del pequeño punto blanco quedó mirando al techo.
Levante la vista, Luca ya no sonreía, sus ojos claros se habían encontrado directo con los míos en medio de la multitud.
Durante un segundo entero... ninguno de los dos respiró.
Entonces comprendí que el hombre que me había prometido un futuro acababa de destruir el mío y por la expresión de sus ojos…él acababa de entender que descubrí su mentira
ENNYMis dedos se despegaron despacio del metal de la perilla. La espalda me ardía, pero no me moví.Escuchar aquellas palabras que salían de la boca de un Ferrer fue como si me arrojaran un balde de agua congelada, no volteé de inmediato. No quería que me viera la cara de confusión, ni cómo se me volvió a cerrar la garganta.—¿De qué habla? —pregunté sin girarme, con la vista fija en la madera de la puerta.Escuché el crujido de la silla de piel cuando Valentino se puso de pie. Pasos lentos, pesados, acercándose hasta detenerse a tres pasos de mí. No se me acercó más. Respetó el espacio como si supiera exactamente la distancia que me separaba del abismo.—Tenía veintisiete años —dijo Valentino, y su voz ya no sonaba como la del empresario frío de la camioneta. Sonaba rasposa, gastada&md
VALENTINOEl trayecto en la camioneta transcurrió en un silencio pesado, cortado únicamente por el zumbido del motor.A mi lado, Enny mantenía la vista clavada en la ventanilla, apretando su bolso contra las piernas. No dijo una sola palabra desde que subió, tenía la cara pálida, los labios apretados y una postura tan rígida que parecía a punto de quebrarse si el vehículo daba un freno.La observada de reojo, sin mover la cabeza.Aceptó cuando ya no le quedó nada. No hubo negociación, ni lágrimas de chantaje, ni un solo intento de sacarme un beneficio extra. Peleó cada minuto del día, agotó cada puerta y solo me llamó cuando la vida le cerró el último aliento.Recordé a mi madre en la villa de Turín, esperando hasta el final antes de firmar la renuncia que mi padre le puso enfrente. Esta mujer no era una cazafortu
ENNYLas 11:48 amMe quedé parada a mitad de la banqueta con la tarjeta de Valentino entre las manos. Apreté el cartón con tanta fuerza que los bordes me cortaron casi la piel de los dedos. Quise romperla, quise hacerla pedazos como había hecho con el cheque de Luca y tirarla a la alcantarilla para tragarme mi orgullo, pero los dedos no me obedecieron. La guardé en el bolsillo profundo de mi abrigo, llena de una rabia sorda, odiándome a mí misma por no ser capaz de tirarla a la basura.Agarré mi bolso con fuerza y me eché a caminar, no me iba a rendir, no ante un Ferrer.Mi primera parada fue una casa de empeño en el centro. El lugar olía a polvo, a metal viejo y a desesperación acumulada.Puse sobre el mostrador lo único de valor que traía conmigo: mi laptop de trabajo, mi teléfono celular y tres anillos de oro delgado que me había her
ENNYCaminé tres cuadras sin saber exactamente hacia dónde iba. El sol de mediodía me quemaba los hombros, pero por dentro tenía un frío seco que no se me quitaba con nada. Las piernas me pesaban, resentidas todavía por la pérdida y la falta de alimento.En la cabeza sacaba cuentas a velocidad desesperada, si vendía mi computadora, el teléfono y las tres joyas de oro que mi abuela me había dejado, juntaría con suerte un diez por ciento de lo que exigía la clínica. Ni empeñando mi vida entera alcanzaba a cubrir la deuda del trimestre.Una camioneta negra se orilló junto a la banqueta con un frenazo discreto.El corazón me dio un vuelco violento y el estómago se me hizo un nudo apretado. Por un instante pensé que era Luca, pensé que venía a rematar lo poco que quedaba de mí para asegurarse de que no volviera a levantar l





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