CAPITULO 8

ENNY

Las 11:48 am

Me quedé parada a mitad de la banqueta con la tarjeta de Valentino entre las manos. Apreté el cartón con tanta fuerza que los bordes me cortaron casi la piel de los dedos. Quise romperla, quise hacerla pedazos como había hecho con el cheque de Luca y tirarla a la alcantarilla para tragarme mi orgullo, pero los dedos no me obedecieron. La guardé en el bolsillo profundo de mi abrigo, llena de una rabia sorda, odiándome a mí misma por no ser capaz de tirarla a la basura.

Agarré mi bolso con fuerza y ​​me eché a caminar, no me iba a rendir, no ante un Ferrer.

Mi primera parada fue una casa de empeño en el centro. El lugar olía a polvo, a metal viejo y a desesperación acumulada.

Puse sobre el mostrador lo único de valor que traía conmigo: mi laptop de trabajo, mi teléfono celular y tres anillos de oro delgado que me había heredado mi abuela antes de morir.

El empleado tomó la computadora con desgano, la giró sobre la superficie, revisó el estado del cargador y subió la pantalla sin prisa. Después de tomar los anillos entre sus dedos asperos, los observó con una lupa y los dejó caer sobre una pequeña báscula digital que emitía un pitido agudo.

Esperé, cinco segundos, diez, quince. La gota de sudor me bajaba por la nuca mientras miraba la pantalla del mostrador.

—Cuatro mil quinientos —dijo el hombre, arrastrando las palabras sin mirarme a los ojos.

—¿Qué? —el aire se me fue de la boca—. La computadora sola vale cuatro veces eso. Y las joyas son de oro, necesito al menos cuarenta mil pesos para hoy.

El hombre ni se inmutó, empujo los anillos hacia mi lado con la punta del lápiz.

—Es lo que le puedo dar. Si le conviene, firme aquí. Si no, pase a la salida. Hay gente esperando.

Salí a la calle con los cuatro mil quinientos pesos apretados en el puño, no alcanzaba ni para pagar el oxígeno de un día.

A la una de la tarde llegué al despacho de abogados donde trabajaba Mateo, un excompañero de la facultad que siempre decía que podía contar con él para lo que fuera.

Nos sentamos en una mesa al fondo de una discreta cafetería. En cuanto le explique la situación de la clínica, Mateo empezó a sudar. Miraba hacia la puerta cada tres segundos, con la taza de café temblándole en las manos.

—Enny... no puedo prestarte esa cantidad —murmuró, hablando casi sin mover los labios—. Y aunque la tuviera, no puedo meter las manos por ti.

—Mateo... —le rogué en un susurro desesperado, estirando la mano sobre la mesa.

—No puedo.

—Aunque sea veinte mil pesos, firmamos pagarés, te pago los intereses que quieras.

Él bajó la mirada hacia su taza, negando despacio con la cabeza.

—No puedo.

—Diez mil... —sentí que la boca se me llenaba de ceniza—. Solo para que no la saquen a la calle hoy.

—Tampoco, Enny.

—Cinco mil, Mateo. Lo que tengas en la cartera.

—No puedo —dijo, cerrando los ojos con fuerza—. Luca dio instrucciones muy claras. Mandó un correo a todos los despachos de la red, nadie puede ayudarte ni darte trabajo si quiere seguir contratando con Ferrer Corp. Si alguien se entera de que hablé contigo, me corren a mí también, lo siento.

Se levantó de la mesa, dejó un billete sobre la repisa y salió a toda prisa sin voltear a verme.

Luca no solo me había despedido y sacado a la calle. Yo estaba aislada, estaba construyendo un muro alrededor de mí para asegurarse de que me ahogara sola.

A las dos y media fui al banco central, esperé cuarenta minutos en la fila de atención a clientes hasta que una ejecutiva me hizo pasar a su escritorio.

—Quiero hacer un retiro de mi fondo de ahorro —dijo, entregándole mi identificación—. Sé que la tarjeta de nómina está retenida, pero este dinero es de mis aportaciones voluntarias.

La mujer tecleó en su sistema, la pantalla mostró un cuadro rojo, levantó la vista con una mueca de lástima mal disimulada.

—Su cuenta tiene una orden de congelamiento emitida por un juez de lo mercantil a solicitud de Ferrer Corp. No puedo entregarle ni un solo peso.

—Es mi dinero —la voz me tembló, peleando contra el nudo en la garganta—. Mi madre está enferma en un hospital. Por favor, revisa bien...

—Lo siento, licenciada —contestó, cerrando la carpeta—. La orden es definitiva. Siguiente en la fila.

Me senté en una banca de la plaza a marcar a todos los contactos de mi agenda.

Amigos de la universidad, antiguos jefes, conocidos del gremio. Algunos no contestaban. Otros colgaban en cuanto escuchaban mi voz. Uno de ellos, un contador con el que trabajé un año, me lo dijo sin rodeos antes de cortar la llamada:

—No puedo medirme con los Ferrer, Enny. No te vuelvas a comunicar a este número.

A las cuatro de la tarde entré a la clínica privada donde estaba mi madre, fui directo a la oficina de administración para hablar con el director financiero.

Le ofrecí dejarle los papeles de mi coche viejo en garantía, le propuse firmar pagarés a corto plazo, trabajar para el departamento legal de la clínica por las noches, limpiar los pasillos, lo que fuera necesario.

El hombre ni siquiera se tomó la molestia de hacerme tomar asiento.

—Esto no es una fundación, licenciada Arizmendi —dijo, revisando su reloj de pared—. A las seis de la tarde se cumple el plazo. Si el depósito no está reflejado en el sistema, la enfermera de turno preparará el alta de su madre.

Camine por el pasillo del hospital hasta la habitación 214.

Mi madre estaba sentada en la cama, delgada, con la piel pálida y las mangueras de suero conectadas al brazo. Al verme entrar, su cara se iluminó con una sonrisa genuina, arrugando los ojos con ese cariño que siempre me salvaba de todo.

—¿Ya comiste, mi niña? —preguntó, con la voz débil pero llena de pena por mí.

Acababa de perder a mi hijo en una camilla fría a kilómetros de aquí, y ella, muriéndose lentamente, seguía preocupándose por si yo había probado alimento.

Se me acercó un poco y me tocó la mejilla con sus dedos delgados.

—Tienes los ojos hinchados... ¿estás llorando, Enny?

Me tragué las lágrimas que me quemaban los ojos, acariciándole la mano.

—No, mamá... estoy cansada, nada más.

Ella me sonrió con dulzura, apretándome los dedos.

—Cuando todo esto pase nos iremos al pueblo —dijo, mirando por la ventana hacia el jardín—. Plantaremos flores en el patio. Ya trabajaste demasiado en esta ciudad, mi amor. Ya es hora de descansar.

Asentí en silencio, sintiendo un dolor tan profundo que me ahogaba. Sabía que, si no conseguía el dinero antes de dos horas, ese pueblo y esas flores jamás llegarían.

3:15 p. m.

El reloj seguía avanzando.

4:10 p. m.

Cada minuto pesaba más.

4:52 p. m.

Seguía sin encontrar una salida.

5:21 p. m.

El tiempo empezaba a acabarse.

A las 5:45 pm salí al estacionamiento de la clínica.

Saqué la tarjeta de Valentino del bolsillo, la miré durante un minuto entero. Me temblaban las manos, pero me obligue a marcar los diez dígitos en la pantalla del celular con el corazón desbocado.

Borré el número antes de presionar el botón de llamada.

Apreté la frente contra el muro de concreto del estacionamiento, sintiendo que el orgullo me ahogaba en mi propia hiel. Pero volví a ver la imagen de mi madre en la cama, débil, sonriendo sin saber que estaba a minutos de ser arrojada a la calle.

Marqué de nuevo, esta vez no borré nada, presioné la tecla verde.

El tono sonó tres veces.

—Oficina del señor Ferrer —contestó la voz profesional de Ricardo.

—Necesito... necesito hablar con él —dije con la voz rota.

Un silencio corto, del otro lado se escucha el movimiento de un auricular al ser entregado.

—Pensé que llamaría diez minutos antes —dijo la voz grave y fría de Valentino.

Cerré los ojos, no podía respirar. Sentía que si pronunciaba aquella palabra dejaría de pertenecerme.

—Acepto —dije.

Del otro lado nadie habló, ni él, ni yo.

Durante un instante solo se escuchó mi respiración quebrada.

—Pero nunca crea que lo hago por usted —agregué, apretando el teléfono contra mi oreja.

—Lo sé —respondió Valentino sin alterarse—. Lo hace por su madre.

La llamada se cortó.

A las 5:50 pm, exactamente cinco minutos después, una camioneta negra frenó frente a la entrada del estacionamiento.

Ricardo bajó del vehículo, caminó hacia donde yo estaba y abrió la portezuela lateral con un gesto impecable.

—Bienvenida, señora Ferrer.

Sentí un vacío en el estómago, todavía no había firmado, todavía seguía siendo Enny Arizmendi. Pero comprendí que algunas cadenas no empiezan con una firma, sino con una decisión desesperada.

Entre a la camioneta y sentí que acababa de vender el último pedazo de la mujer que había sido.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP