CAPITULO 10

ENNY

Mis dedos se despegaron despacio del metal de la perilla. La espalda me ardía, pero no me moví.

Escuchar aquellas palabras que salían de la boca de un Ferrer fue como si me arrojaran un balde de agua congelada, no volteé de inmediato. No quería que me viera la cara de confusión, ni cómo se me volvió a cerrar la garganta.

—¿De qué habla? —pregunté sin girarme, con la vista fija en la madera de la puerta.

Escuché el crujido de la silla de piel cuando Valentino se puso de pie. Pasos lentos, pesados, acercándose hasta detenerse a tres pasos de mí. No se me acercó más. Respetó el espacio como si supiera exactamente la distancia que me separaba del abismo.

—Tenía veintisiete años —dijo Valentino, y su voz ya no sonaba como la del empresario frío de la camioneta. Sonaba rasposa, gastada—. Estaba comprometido, vivíamos en Turín. Ella tenía seis meses de embarazo cuando salimos a cenar una noche de invierno.

Gire la cabeza lentamente, Valentino no me estaba mirando; Tenía los ojos fijos en el ventanal de la sala de juntas, donde las luces de la ciudad empezaban a encenderse.

—Manejé yo —continuó, con una calma que daba miedo—. Llovía fuerte. Un camión de carga se saltó el alto en un cruce. El impacto fue de mi lado, pero el auto giró sobre el pavimento mojado... La puerta del copiloto se aplastó contra el poste de concreto.

Hizo una pausa larga. Vi cómo tragaba saliva, cómo apretaba los puños dentro de las bolsas del pantalón.

—Perdí a mi prometida y a mi hijo en la misma sala de urgencias esa misma madrugada —dijo, fijando sus ojos grises en los míos—. Durante dieciséis años me repetí a mí mismo que no tenía derecho a formar otra familia, que el día que intentara ocupar ese lugar, el pasado me lo iba a cobrar otra vez.

El aire en la oficina notarial se volvió denso. Por primera vez vi la grieta debajo de la armadura, Valentino Ferrer no era el diablo impecable que yo imaginaba; era un hombre aplastado por el peso de su propia culpa, sobreviviendo a fuerza de disciplina y aislamiento.

—Entonces... ¿por qué me pide un hijo a mí? —pregunté, sosteniéndole la mirada con la rabia transformándose en un desconcierto amargo.

Valentino caminó de vuelta a la mesa. El notario, en silencio, sacó una segunda copia del expediente y la extendio sobre el cristal.

—Esa cláusula fue escrita por mi abuelo antes de morir —explicó Valentino, señalando el párrafo con el índice—. Luca y mi padre saben que no tengo herederos. Saben que mi negativa a casarme me deja fuera de la sucesión. Luca ya anuncio su compromiso con Ana Paula Villaseñor, y en cuanto el consejo le otorgue la presidencia definitiva, usará todo el poder de la corporación para aplastar lo poco que dejó mi madre.

Se inclinó ligeramente sobre la mesa, mirándome a los ojos.

—Luca necesita esa cláusula para ganar. Yo solo necesito ganar tiempo.

—No voy a meter mi cuerpo en esto, Valentino —dije con la voz firme, sintiendo que el corazón me retumbaba en las sienes—. Acabo de perder a mi bebé. No voy a someter mi vida a un laboratorio ni a jugar a la familia con usted para que le gane una guerra a su hermano.

—Y no se lo estoy pidiendo —interrumpió él de inmediato—. Mire el contrato y léalo bien.

Tomé la hoja limpia que el notario me ofreció.

—La cláusula exige la intención de concebir —dijo Valentino, hablando con la precisión de un abogado—. Exige que el matrimonio esté constituido legalmente y que iniciemos los trámites de evaluación médica ante el comité de la sucesión. Eso nos da un margen de tres años. Tres años en los que el consejo congelará la entrega del fideicomiso a Luca mientras dura el proceso.

Me quedé mirando el papel, las piezas empezaron a embonar en mi cabeza.

—Usted no quiere un hijo —murmuré, levantando la vista.

Valentino guardó silencio, bajó la vista hacia el contrato. Durante varios segundos no respondió, dejando que la sombra de su pasado flotara entre los dos.

—No —dijo finalmente en un hilo de voz—. Y no voy a obligarla a pasar por un proceso médico que no desea. Ese punto solo está escrito para bloquear la estrategia de Luca. Al término de los tres años, el divorcio se firmará por incompatibilidad, usted conservará su fideicomiso, el tratamiento de su madre quedará cubierto de por vida y yo habré protegido el patrimonio de mi madre.

El notario le pasó una pluma negra. Valentino no la tomó; me la ofreció a mí, sosteniéndola por el cuerpo de metal.

—No hay trampas, Enny. No hay letras chiquitas.

Valentino dejó la pluma suspendida entre los dos, no intenté acercarme más. Esperaba en absoluto silencio.

—Es la única forma en que ambos salimos vivos de las manos de mi hermano —agregó.

Luca creyó que me había dejado sin nada, lo que no imaginaba era que, al arrinconarme, me estaba obligando a aceptar la única alianza que jamás habría considerado.

Tomé la pluma, el metal estaba frío contra mis dedos temblorosos.

Acomodé la hoja sobre el cristal de la mesa, el notario me indicó la línea de puntos al final del documento.

Sostuve la pluma suspendida a medio centímetro del papel. Mi mano empezó a temblar. Pensé en mi madre sonriendo en la camilla, pensé en la ecografía arrugada en mi bolso y en la firma helada de Luca destruyéndome la vida.

Bastaba un movimiento, uno solo, para dejar de ser Enny Arizmendi.

Cerré los ojos y baje lentamente la punta de la pluma hacia el papel.

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